Fracking: cómo se extrae gas del subsuelo y por qué divide opiniones

El fracking es una técnica de extracción que rompe roca profunda a presión para liberar gas y petróleo, pero arrastra tres problemas reales —riesgo de contaminación del agua, sismicidad inducida y fugas de metano— que hacen que el debate entre gobiernos, industria y científicos siga abierto y sin consenso claro./ Fracking: cómo se extrae gas del subsuelo y por qué divide opiniones

Fracking: cómo se extrae gas del subsuelo y por qué divide opiniones

Por: en15dias.com / Con información de EPA (2016), USGS, Science (estudios de sismicidad inducida), IEA Energy Outlook 2024

La fracturación hidráulica permite acceder a reservas de gas y petróleo que antes eran inalcanzables. También libera riesgos que la ciencia todavía está midiendo.

Hay depósitos enormes de gas natural y petróleo atrapados en formaciones rocosas muy profundas —a veces más de tres kilómetros bajo tierra— dentro de una roca llamada esquisto o lutita. El problema es que esa roca no deja fluir el hidrocarburo con facilidad. El fracking nació para resolver eso.

La técnica consiste en perforar verticalmente hasta la roca y luego girar el taladro en horizontal para recorrer la formación. Una vez posicionado el pozo, se inyectan millones de litros de agua mezclada con arena y aditivos químicos a una presión tan alta que literalmente fractura la roca. Las grietas resultantes —de milímetros o centímetros— permiten que el gas o el petróleo escapen hacia el pozo y suban a la superficie.

El agua usada en un solo pozo puede superar los 15 millones de litros. Una parte regresa a la superficie como «agua de retorno», cargada de minerales, metales pesados y los propios químicos inyectados. Disponer de ese residuo sin contaminar es uno de los mayores desafíos técnicos y regulatorios del proceso.

LO QUE PREOCUPA A LOS CIENTÍFICOS

Los estudios más citados señalan tres focos de riesgo. El primero es la contaminación de acuíferos: si el pozo o el revestimiento fallan, los fluidos pueden migrar hacia capas de agua potable. Las empresas aseguran que los sellos son inviolables; algunos estudios en zonas de extracción intensa en Estados Unidos encontraron metano y compuestos orgánicos en pozos de agua domésticos cercanos.

El segundo es la sismicidad inducida. Inyectar agua residual en formaciones geológicas profundas puede reactivar fallas preexistentes. Oklahoma, que prácticamente no tenía terremotos antes del auge del fracking, pasó a registrar cientos de sismos de magnitud mayor a 3.0 al año en la época de mayor actividad. El vínculo causal está bien documentado para la inyección de residuos, aunque el papel de la extracción directa es más debatido.

El tercero es el clima. El metano es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ en el corto plazo. Si los pozos presentan fugas —cosa que ocurre con frecuencia, según mediciones satelitales recientes—, parte del beneficio climático de sustituir carbón por gas natural se evapora.

EL ARGUMENTO A FAVOR

La industria y varios gobiernos defienden el fracking como puente energético: permite reducir el uso de carbón —más sucio— mientras las renovables escalan. Estados Unidos triplicó su producción de gas en poco más de una década gracias a esta tecnología y bajó sus emisiones de CO₂ del sector eléctrico. Varios países europeos, en cambio, han optado por prohibirlo directamente —Francia, Alemania, España— mientras otros evalúan si la regulación puede contener los riesgos.

México tiene reservas importantes de gas de lutita, especialmente en el noreste. La regulación actual no prohíbe el fracking pero Pemex ha tenido exploración limitada. El debate sobre si abrir o no esa puerta está lejos de cerrarse.

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