Hace dos años, en15dias.com recorrió estas mismas orillas del lago de Pátzcuaro. Entonces, el paisaje era desolador: tierra agrietada hasta donde alcanzaba la vista, embarcaciones varadas sobre el lodo seco, pescadores contemplando con impotencia el cementerio de lo que alguna vez fue su sustento. La sequía más severa en décadas había convertido el espejo de agua en un desierto de azolve. Los pronósticos eran catastróficos. Hoy, en febrero de 2026, el agua ha regresado gracias a dos años consecutivos de lluvias abundantes, pero la alegría de los pescadores es contenida, casi cautelosa. El lago no está rescatado, advierten una y otra vez. Y tienen razón.
Lo que el agua trajo consigo no fue la recuperación, sino una nueva forma de muerte. Un tapete verde y denso de chuspa, tule y lirio acuático se extiende por kilómetros, impidiendo la navegación, bloqueando el acceso a las zonas de pesca, ahogando al ecosistema bajo su peso. Felipe Flores, pescador de Ihuatzio, lleva dos meses sin poder echar sus redes. Antonio Gaona, con más de 50 años de experiencia, observa resignado cómo el lago se ha convertido en “un vado, ya no es un lago”. La maleza crece más rápido de lo que las faenas comunitarias pueden cortarla. Los canales que abrió la maquinaria gubernamental hace meses son insuficientes, apenas “a pura orilla”, dicen. El enemigo ahora no es la ausencia de agua, sino la imposibilidad de usarla.
Los pescadores son claros: no confunden lluvia con recuperación. Saben, porque lo han visto durante décadas, que el lago está enfermo de fondo. Jorge Gaona García, biólogo de la comunidad, presenta los datos: la profundidad cayó de nueve metros en los años setenta a apenas 1.20 metros hoy; la evaporación supera la precipitación; el azolve de décadas de deforestación ha rellenado el vaso lacustre. Las lluvias dieron un respiro, pero el trabajo estructural —el dragado del canal, el desazolve integral, la restauración de la cuenca— sigue sin hacerse. Llevan seis años presentando la misma propuesta a las mismas autoridades. La respuesta: mesas de diálogo, empleos temporales de dos meses, promesas.
Por: Gilbert Gil Yáñez / en15dias.com
FEBRERO DE 2026

I. LA ADVERTENCIA DEL CIENTÍFICO COMUNITARIO
El sol de la mañana ilumina tímidamente las aguas del lago de Pátzcuaro, pero lo que brilla no es el espejo cristalino que alguna vez describieron los cronistas de Indias, sino un tapete verde de maleza acuática que se extiende hasta donde alcanza la vista. Jorge Gaona García, biólogo de la comunidad indígena de Ihuatzio, observa el paisaje con una mezcla de dolor y determinación científica.
“Si no actuamos a tiempo, yo creo que sí podemos llegar a ser como el lago de Xochimilco: que nada más sea el canal de los muelles a Janitzio”, sentencia el especialista, cuyas palabras no son alarmismo sino el resultado de años de observación y análisis.
Los datos que maneja son contundentes y aterradores: en los años 70 y 80, cuando su padre era pescador de tiempo completo, el lago alcanzaba entre 7 y 9 metros de profundidad. Hoy, en 2026, apenas llega a 1.20 metros. En algunos momentos críticos ha tocado fondo con apenas 40 centímetros.
“Por lógica, a menor profundidad se calienta más rápido el agua y también se evapora”, explica Gaona García, introduciendo un factor que pocas veces se menciona en los discursos oficiales sobre la crisis del lago: la evaporación.
Según investigaciones del Tecnológico de Pátzcuaro y la Universidad Michoacana que el biólogo cita, existe un déficit crítico entre lo que llueve y lo que se evapora. “Los vientos que vienen de la parte este lo evaporan rapidísimo. Hay una pérdida enorme”, señala, proponiendo una solución poco convencional: la instalación de barreras rompevientos para mitigar esta sangría invisible.
El científico desmitifica también la idea simplista de que dos años de buenas lluvias han “salvado” al lago. “Sí han ayudado, pero en gran parte se debe más a nuestra madre naturaleza que ha habido dos años de buena lluvia. Creo que no es suficiente desde el punto de vista biológico porque las tasas de evaporación son muchas”, advierte. Y luego agrega algo que debería estremecer a cualquier autoridad: “Son ciclos naturales que se van alternando. Si no actuamos a tiempo, podemos llegar a una sequía igualmente como la que tuvimos”.
II. CUANDO EL LAGO ERA TIERRA
Hace apenas dos años, lo que hoy es agua somera era un paisaje lunar. Felipe Flores, pescador de Ihuatzio, lo recuerda con claridad: “Hace dos años esto estaba totalmente seco. Era pura tierra, puro asolve”.
Su testimonio coincide con el de su padre Antonio Gaona, veterano pescador de 70 años con más de medio siglo dedicado al oficio: “Nosotros usted y yo nos vimos hace dos años y esto estaba seco”, nos recuerda en la charla.
Antonio, quien comenzó a pescar a los 10 años acompañando a su padre, es un archivo viviente de la transformación del lago. “El lago desde que hace aproximadamente más de 50 años yo fui pescador, primeramente estaba grandísimo. Abarcaba las orillas de Tzurumútaro, acá al lado del vado, casi a 25 o 30 metros de donde pasa la carretera”, rememora.
Su memoria guarda imágenes de un paraíso perdido: “En 1975 yo di mi servicio militar. Cada ocho días veíamos que el lago estaba bonito, todo cristalino. En la actualidad, mire cómo está: lleno de maleza acuática, el tule, la chuspa, el lirio y otros tipos de maleza”.
El cambio, explica Antonio, comenzó hace un cuarto de siglo: “Hace aproximadamente 25 años el lago se vino para abajo. Hoy nos da tristeza ver nuestro lago. No le decimos que es el lago de Pátzcuaro, es el lago de los ribereños, de los isleños”.
III. LA INVASIÓN VERDE
Cuando las lluvias regresaron y el nivel del agua subió ligeramente, no llegó sola: trajo consigo un enemigo que ahora domina el paisaje. “En cuanto llegaron las lluvias, subió un poquito el agua y se vino la maleza”, recuerda Felipe Flores, quien junto con otros pescadores participó en el programa de empleo temporal para combatir la invasión vegetal.
Les dieron «dos o tres meses de empleo. Después que se acabó, hicimos faenas, tratamos de eliminar lo más que se pudiera la maleza acuática». El resultado fue desalentador: «No le dimos a basto. Nos ganó la maleza», admite con resignación.
En las faenas participaban «dos o tres veces por semana», pero el esfuerzo humano resultó insuficiente frente a la velocidad de crecimiento de las plantas acuáticas.
Un artesano local, quien fue pescador durante aproximadamente 18 a 20 años antes de cambiar de oficio, explica la paradoja de la chuspa: “Esta maleza acuática es como la alfalfa, entre más la chaponeas más crece”, coincide Felipe Flores. El artesano agrega: “Entre más lo corta uno, más bonito sale el material para hacer artesanías, pero tiene que ser de raíz para quitarlo, si no crece. Hay que arrancarlo”.
La chuspa representa así una doble cara: problema ambiental y materia prima artesanal. “Hay un material que no sirve y hay uno que está bueno para artesanías”, explica el artesano, quien cada año se dedica al corte de esta planta.
“Entre más lo corta uno, el material más bonito se pone. Nos sirve a todos los artesanos. Yo también trabajo en eso», afirma. Sin embargo, reconoce que «absorbe mucha agua para crecer”, agravando el problema de escasez hídrica del lago.
IV. LA VIDA QUE SE EXTINGUE
Las consecuencias de esta invasión sobre la actividad pesquera son devastadoras. Felipe Flores es contundente: “Yo ya tengo más de dos meses sin pescar”. La razón es simple y terrible: “Ya no hay acceso hacia la salida, hacia el lago libre. A veces se va uno haciendo un caminito, una veredita para salir, pero ya nos agarra muy lejos”.
Antonio Gaona describe una transformación radical en su forma de vida: “Vivimos de la pesca aproximadamente 50 años. Era una cosa bien. Ahorita ya casi no pescamos. Pescamos, pero nada más para un caldito, pero ya así de que sea la pesca, que haya pesca para otras cosas, no hay nada”.
El artesano que abandonó la pesca hace dos décadas por circunstancias familiares explica la dura realidad económica: “Los que son pescadores, cuando no pescan se dedican a hacer esto. Tiene que cambiar el oficio un rato. A veces sacan apenas para comer”. Él mismo dejó las redes porque “tengo un niño y no puedo dejarlo. Cada quien se agarra su trabajo”.
Felipe Flores resume la situación con palabras desgarradoras: “Nosotros de ahí vivimos, de ahí mantenemos a nuestra familia. O manteníamos, porque ya ahorita así como está pues ya medio que trabajamos”.
V. LA CIENCIA DEL DESASTRE
Jorge Gaona García ofrece una explicación científica de lo que los pescadores experimentan en carne propia. El azolve que ha reducido dramáticamente la profundidad del lago tiene un origen claro: “Gran parte de la pérdida de profundidad se debe al azolve que ha llegado al lago. Eso principalmente se debe a la deforestación que ha habido en toda la cuenca”.
El problema, explica el biólogo, no es local sino regional: “No solamente aquí al nivel del lago, sino toda la cuenca. La cuenca abarca lo que es Huiramba, Lagunillas, Santa Clara; son nueve municipios, hasta Cuitzeo llega la cuenca del lago de Pátzcuaro. Toda esa parte se ha deslavado. Las raíces de los árboles ya no retienen la tierra y viene directamente al lago”.
En los años 70 u 80, cuenta Gaona García citando a su padre, “se hicieron presas de gavión y sí funcionaron muy bien, retuvieron la tierra, pero ahorita ya están llenas, ya no retienen». El gobierno las ha retomado, «pero se requiere de mucho trabajo”.
El biólogo también desmitifica la idea de que el lago es uniforme: “El lago no es lo mismo en la parte sur que en la parte norte. Lo que es San Jerónimo, Purénchécuaro, San Andrés, son las zonas más profundas. De Janitzio para allá está en inclinación. Aquí antes también estaba así, pero allá sí hay mayor profundidad, mayor calidad del agua”.
Esta heterogeneidad se refleja en la distribución de especies: “Aquí encuentras la mayor parte el charal, todavía por ahí dos tres acúmaras, pescados blancos que andan, pero en su mayor parte la distribución es mojarra”.
El lago, explica, “ha ido evolucionando, y son cambios que a lo mejor no podemos como sociedad detener, pero sí podemos hacer que no sean tan acelerados, que los procesos no sean tan rápidos”.
VI. LA SOLUCIÓN QUE NO LLEGA
Los pescadores y habitantes ribereños no solo identifican el problema: tienen clara la solución. Han diseñado un plan específico que presentan una y otra vez a las autoridades sin obtener respuesta satisfactoria.
“Lo que estamos pensando es hacer un dragado para que salga toda la chuspa y todo el azolve, echarlo hacia afuera, hacia los terrenos”, explica Antonio Gaona. “Tenemos cinco o seis años siempre luchando. Hay que abrir un canal para que puedan entrar las máquinas. Ese es nuestro objetivo”.
Felipe Flores detalla el plan con mayor precisión: “Quisiéramos que a través de este medio de comunicación nos hicieran el favor de mandar un dragado para abrir un canal de aquí del faro directo hacia el canal, para que pudiera acceder la máquina y ya después de ese dragado, ya nada más desazolvar, ya no dragar, ya nada más desazolvar”.
La distinción es importante. Felipe insiste: “No queremos el dragado totalmente, sino nada más el desazolve, nada más el puro desazolve para no romper la taza o a lo mejor el agua se escape o algo. No sabemos, pues. Nada más queremos ahorita el puro desazolve. Nada más el puro canal que se dragara para que pueda entrar la máquina”.
El artesano coincide: “Abrir un canal que llegue al faro, que agarre allá el que va para Janitzio. Aquí es el embarque, es lo más importante para los pescadores, para mí también”. Reconoce que aunque la maquinaria ya abrió algunos canales, “nada más hicieron la pura orilla. Ya no tenemos salida”.
La propuesta contempla además un beneficio adicional para la región. Felipe Flores lo explica: “Todo el azolve echarlo hacia fuera, hacia los terrenos que realmente lo necesitan, porque hay muchos terrenos que ya no se siembran, que ya no se siembran. Este azolve que va a salir de aquí del lago va a ser muy beneficioso para los campos, para la tierra que ya no produce”.
VII. EL MURO DE LA BUROCRACIA
La frustración ante la inacción gubernamental es palpable en cada testimonio. Antonio Gaona, con sus 70 años de vida y más de 50 de experiencia como pescador, resume el sentimiento colectivo: “Estamos perfectamente organizados. Nos hemos contactado con el gobierno del estado, con todas las dependencias del gobierno, pero como que no nos hacen caso”.
Felipe Flores comparte la decepción: “Hemos tratado de decirle al gobierno que cuando se acabe el empleo, si nos da algún curso o algo, nosotros estamos dispuestos a poner de nuestra mano también, porque es nuestro lago. Nosotros de ahí vivimos, de ahí mantenemos a nuestra familia. No tenemos otra opción”.
Su gratitud por ser escuchados contrasta con la indiferencia oficial: “Agradecerle que nos estén tomando en cuenta para manifestarnos, para alzar la voz. Nuestro lago se nos está yendo. No porque se haya recuperado un poquito lo vayamos a dejar, sino al contrario, hay que ayudarlo”.
Jorge Gaona García ofrece una perspectiva más amplia sobre la relación gobierno-comunidad: “De ahí el gobierno empezó a ver esa parte, esa necesidad, y se empezaron a formar mesas institucionales por parte del gobierno federal, del gobierno estatal, del gobierno municipal y de las comunidades”.
Sin embargo, el biólogo hace una observación crítica: “En esa mesa yo hacía mucho énfasis en que fueran las comunidades quienes hicieran las propuestas y quienes llevaran la batuta, que el gobierno fuera solamente como un facilitador de los recursos”.
La razón es clara: “Las comunidades se tienen que unir porque ellos también tienen un conocimiento ancestral. Ellos saben dónde están los veneros, ellos saben cuándo se cría el pescado, cuándo se reproduce, todas las etapas. Tienen un conocimiento empírico”.
Gaona García ha presentado propuestas específicas: “Yo le hice dos o tres propuestas al secretario de Medio Ambiente que se podían hacer, que no son de mucho costo y que se pueden hacer aquí ya en la circunferencia. Ojalá lo tomen en cuenta, han dado resultados”.
VIII. EL GRITO DE LOS PECADORES OLVIDADOS
Pero la indignación del biólogo alcanza su punto más alto cuando habla de la distribución desigual de recursos y atención gubernamental: “Quisiera que volteen a ver también a todas las comunidades, no solamente a Urandén, ni a Janitzio, ni a Ihuatzio, ni a Santa Fe. Creo que todas las comunidades tienen problemas y tienen necesidades. Y son distintas, porque precisamente hay una heterogeneidad de las poblaciones”.
El contraste entre el turismo masivo y la pobreza extrema de las comunidades ribereñas es particularmente doloroso. Gaona García realizó un ejercicio revelador sobre el Día de Muertos: “Ingresaron no recuerdo cuántos millones, pero si por familia se distribuyera, nos tocaban como 25,000 pesos por familia, por lo menos en los cuatro municipios, en esos cuatro días. ¿Te imaginas de cuántos millones estamos hablando cuando hay gente que simplemente ahorita no tiene ni para comer, para sustento, porque no hay pesca?”.
El problema, denuncia, es la naturaleza del turismo: “Es un turismo depredador que a lo mejor ya viene con sus paquetes armados desde Europa, de Estados Unidos, ya vienen y aquí ya no consume nada. Hay una mala distribución de la riqueza que entra. El beneficio es para los grandes hoteleros, no para las comunidades”.
Lo que el biólogo reclama es simple justicia: “Quisiera que vengan y le consuman realmente al artesano, a la cocinera, a la que vende quesadillas, que haya una derrama económica, que realmente se vea el beneficio para las comunidades”.
Mientras el sol se eleva sobre el lago de Pátzcuaro, Jorge Gaona García resume la disyuntiva que enfrenta este ecosistema milenario: “Si el gobierno pone disponibilidad, si los pescadores ponen disponibilidad, si la academia pone disponibilidad, si como sociedad ponemos nuestro granito de arena, yo creo que sí podemos revertir el daño. Pero si no actuamos, si nos quedamos de brazos cruzados, con todo lo que me duele el corazón, se le espera la muerte al lago”.
Antonio Gaona, desde su experiencia de setenta años, observa el paisaje que conoció en su esplendor: “Hoy es un vado, ya no es un lago”. Felipe Flores, que lleva dos meses sin poder pescar, mantiene la esperanza: “Hay que ayudarlo porque nosotros de ahí nos mantenemos, no tenemos otra opción”.
El artesano que cambió las redes por el trabajo manual con chuspa resume la realidad cotidiana: “A veces sacan apenas para comer”. Y Jorge Gaona García, el científico que ha dedicado años a documentar y combatir el deterioro, ofrece una última reflexión: “Son ciclos naturales que se van alternando. Podemos hacer que los procesos no sean tan acelerados, que sean un poquito más lentos”.
El lago de Pátzcuaro, patrimonio natural y cultural de México, testigo silencioso de la historia purépecha y escenario de las celebraciones más emblemáticas del país, se encuentra en una encrucijada. Entre el tapete verde de la chuspa y el azolve que reduce su profundidad año con año, entre los millones que deja el turismo y a los jóvenes a migrar, entre las promesas gubernamentales y la inacción burocrática, el lago espera.
Los pescadores tienen sus redes listas. Los artesanos tienen sus manos disponibles. El biólogo tiene sus propuestas técnicas preparadas. Las comunidades tienen su conocimiento ancestral y su voluntad de trabajo.