A diez años de su partida, el recuerdo de Carlos Mario Olivares Ledezma sigue vivo entre quienes compartieron con él la lucha, el trabajo, la música y la amistad. Esta semblanza reconstruye la vida de un hombre marcado por la curiosidad, la solidaridad y el compromiso con su tiempo. / Así pasa la gloria del mundo: a diez años de Carlos Mario Olivares.
Así pasa la gloria del mundo: a diez años de Carlos Mario Olivares Ledezma
Así pasa la gloria del mundo. Les comparto un poquito de cómo vivió, y si se acuerdan de algo importante ahí lo anotan al pie:
Nació en Nuevo Casas Grandes City, Chihuahua, en 1948. Tenía linaje de la realeza norteña: por madre tenía herencia rarámuri, y su padre fue ferrocarrilero, de los alzados en el 58.
En su infancia fue monaguillo, persiguió gallinas, lo persiguieron toros, robó membrillos. Lagañoso siempre, trabajó desde los 4, vendió chicles, paletas y huevos, boleó zapatos, cantó en camiones, y también dándole vueltas al carrusel en las ferias.
A los 13 salió a estudiar al seminario. Aprendió de griego, latín, inglés y francés. Aprendió de canto gregoriano y de corridos. Fue un magnífico portero de la selección de fútbol. Fue el único de los hermanos en quedarse en el país.
También fue el primero de la estirpe en tener educación universitaria. Y como auténtico amante de la verdad, tuvo 2 carreras para perseguirla: filosofía y ciencias de la comunicación.
Trabajó en la pizca en los files, barriendo el Dodger Stadium, vendió zapatos y extintores, corregía estilo en un diario y casi puso un comedor en una maquila. Decía que trabajar era su manera de orar.
Tenía memoria de elefante. Se acordaba de los nombres de sus compañeros del kinder, con todo y apellido, y de sus domicilios.
A pesar de su lúcida cabeza, siempre siguió trabajando con las manos. Sus manos gruesas y fuertes que trabajaron con navajas, solventes y calor, también tocaban el piano y la guitarra, tenían una caligrafía de monje y eran expertas en acariciar.
Sabía de masaje y yoga, le gustaba la Serie Mundial de béisbol, el box, los niños y salir a caminar. La música clásica y latinoamericana, y también las pirekuas, decía que son un monumento a la ternura.
Cuando sufría cantaba. Lo vi llorar 3 o 4 veces. Una de risa, una cuando murió su madre, otra cuando murió su nieto.
Acompañante de las luchas migrantes.
Admirador de la Revolución Sandinista.
Ávido seguidor de la teología de la liberación, primero, de la filosofía de la liberación después.
Luchador como tantos por la democracia en nuestro país, activista por su barrio, por su ambiente, Carlos Mario Olivares Ledezma, lo hizo hasta el último día que le permitió su fuerza.
Su último primero de mayo, tuvo que definirse entre si ir a marchar, o encontrarse por última vez con sus amigos de la infancia. Yo marché por él.
Quise pedirle una lista de consejos para el resto de mi vida. Se me pasó. Pero su vida fue muy elocuente.
Bibliófilo empedernido, sobre todo de literatura, filosofía y religión, el último libro que leyó fue la biografía de Valentín Campa, porque su papá fue ferrocarrilero. Su última canción: “Causas y azares”.
Así pasa la gloria del mundo: trabajo, lucha, amor y canto.
Hasta siempre papazo. Te quiero, te queremos mucho. A diez años, aún me cuesta hablar de ti en pasado.
Acuérdense de Carlos… tanto que le gustaban los cacahuates. Él seguro se acordaría de ustedes. Y a lo mejor cantaría de gusto al recordarles.

