La vida del artesano Arturo Evaristo García cambió radicalmente cuando dos de sus hijos fueron diagnosticados con insuficiencia renal crónica, enfermedad que comunidades indígenas vinculan con la contaminación de la geotérmica Los Azufres. Su historia refleja el impacto humano y económico de esta crisis sanitaria.
“No hay dinero que alcance”: Evaristo García, afectado por contaminación de planta geotérmica
Por: en15dias.com / Video: en15dias.com
Arturo Evaristo García, artesano alfarero de la comunidad indígena de San Matías el Grande, vive desde hace nueve años una pesadilla que no tiene fin: dos de sus hijos padecen insuficiencia renal crónica causada por la contaminación de metales pesados de la central geotérmica de Los Azufres, una enfermedad que ha transformado radicalmente la vida de toda su familia y los ha sumido en una crisis económica sin salida.
Con la voz entrecortada y la mirada cargada de impotencia, este padre de familia relata a en15dias.com el calvario diario que representa cuidar de dos hijos enfermos de los riñones mientras intenta sostener económicamente a su hogar elaborando comales de barro, una actividad artesanal que apenas le permite cubrir una fracción de los gastos médicos que la enfermedad demanda.
Arturo recuerda con claridad el momento en que comenzó la pesadilla hace nueve años, cuando notó los primeros síntomas en su hijo mayor, entonces de apenas ocho años de edad.
“Yo lo vi normal hasta que vi como que se empezó a hinchar como de la cara”, relata el alfarero sobre aquellos primeros días de desconcierto.
La hinchazón facial del niño llevó a la familia a consultar a una doctora en una farmacia de similares, donde les informaron que no podían recetar nada sin antes realizar estudios médicos. “Nos dijeron que hay que hacerle unos estudios, porque a los síntomas que tiene, pues que es que va a tener insuficiencia renal”, recuerda.
Los estudios confirmaron el diagnóstico del nefrólogo: insuficiencia renal crónica. En ese momento, Arturo no comprendía la magnitud del diagnóstico.
“Uno no sabe, o sea, uno sabe que con una operación que le van a cobrar 20,000 pesos se va a curar, como una operación de apendicitis o de otras enfermedades. Pues uno está ignorante de esa enfermedad. No sabe uno lo que es”, confiesa con tristeza.
UN 24 DE DICIEMBRE QUE CAMBIÓ TODO
El primer día de hemodiálisis quedó marcado para siempre en la memoria de esta familia: fue un 24 de diciembre. El médico le indicó a Arturo que apartara un lugar para las sesiones de diálisis y le advirtió que se requerirían dos sesiones inicialmente.
“Yo también pensé que nomás iban a hacer esas dos. Fuimos, nos las cobraron de a 1,500 pesos. Fueron 3,000 pesos a la semana”, recuerda. Pero entonces la secretaria del hospital le preguntó si iba a querer las sesiones semanalmente, y fue cuando la realidad lo golpeó con fuerza: era una enfermedad sin cura, un tratamiento que no tendría fin.
“Fue cuando yo vi ese apuro, que era una enfermedad que no había cura. Entonces, a veces con la desesperación tratas de hacer todo lo posible”, dice con la voz quebrada.
En medio de la desesperación, Arturo investigó la posibilidad de comprar un riñón o donar uno de los suyos a su hijo, pero se encontró con una barrera económica infranqueable.
“Investigué si se podía comprar un riñón o lo podía donar yo, pero era muy caro. En esos días salía en 500,000 o medio millón de pesos. Para uno es muy difícil tener ese dinero”, lamenta el artesano.
Como si la situación no fuera suficientemente difícil, hace tres años la enfermedad tocó a la puerta de la familia nuevamente. Su hija, que entonces tenía 14 años —casi la misma edad que su hermano cuando enfermó—, comenzó a presentar los mismos síntomas. El diagnóstico fue idéntico: insuficiencia renal crónica.
Ahora, Arturo debe cuidar de dos hijos enfermos simultáneamente. Su hijo mayor lleva nueve años en tratamiento de hemodiálisis, mientras que su hija apenas cumple tres años batallando contra la misma enfermedad.
“El que tiene los 9 años con la enfermedad anda más o menos, no anda tan bien, pero sí anda ya más acabadillo. Y la niña que acaba de empezar, como tiene apenas 3 años con la enfermedad, anda poquillo más activa. Pero ahí va, andamos echándole ganas”, narra a en15dias.com.
UNA VIDA DE PRIVACIONES EXTREMAS Y REPERCUSIONES ECONÓMICAS
La insuficiencia renal no solo es una sentencia médica, es una transformación radical del estilo de vida. Los hijos de Arturo pueden consumir únicamente 600 mililitros de líquido al día, una restricción que convierte cada comida, cada sed, cada momento cotidiano en un ejercicio de privación.
“Es un sufrimiento porque no te puedes tomar ni siquiera un refresco. Ya ves que a veces uno se llena su vasito, ¿no? Hay comidas que tampoco pueden comer, se tienen que privar de varias cosas cuando son enfermos de esta naturaleza”, explica Arturo con pesar.
Las restricciones van más allá de la alimentación. La libertad misma se ha convertido en un lujo inalcanzable para esta familia. “Se acaba definitivamente la libertad… se acaba la libertad de poder asistir a veces a alguna fiesta porque tenemos que estar llevándolos a su hemodiálisis”, señala el padre de familia.
Hasta los eventos sociales más simples, las celebraciones familiares, los momentos de convivencia que dan sentido a la vida comunitaria, han quedado cancelados por la rigurosa agenda de tratamientos médicos que rige ahora la existencia de esta familia.
El doctor Rafael Trueba Regalado, profesor-investigador del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Tierra de la UMSNH, aplicó el método de valoración contingente para dimensionar el impacto financiero.
Documentó que las familias afectadas enfrentan costos defensivos que oscilan entre 60 mil pesos anuales como mínimo, pero pueden dispararse hasta 1.5 millones de pesos cuando se requiere trasplante renal.
El contraste es devastador: mientras los gastos mínimos anuales alcanzan los 60 mil pesos, los ingresos anuales de estas familias rondan entre 72 mil y 96 mil pesos. “El costo promedio total al mes con trasplante de riñón es de $335,610 pesos, con máximos de hasta $1,531,000 pesos”, detalla el estudio económico.
Arturo Evaristo García se dedica a la alfarería, elabora comales de barro, una actividad artesanal tradicional que en circunstancias normales permitiría a una familia vivir con dignidad, pero que resulta absolutamente insuficiente frente a los costos de la hemodiálisis.
Los médicos recomiendan tres sesiones de hemodiálisis por semana para cada uno de sus hijos. El Hospital Regional de Zitácuaro, saturado por la cantidad de pacientes renales de la región, solo puede proporcionar tratamiento gratuito para parte de las sesiones necesarias. Arturo debe pagar de su bolsillo al menos dos sesiones particulares por semana.
“Por lo mínimo son 1,500 pesos semanales, pero con gastos y todo se van 2,000 pesos”, calcula el artesano. “Las recomendaciones son tres veces por semana, pero no nos alcanza. No nos alcanza para las tres»”, admite con impotencia.
Pero el gasto no termina ahí. Los medicamentos especializados que requieren sus hijos tienen un costo de 3,000 pesos adicionales. En total, entre sesiones de diálisis, medicamentos, traslados y gastos relacionados, Arturo debe destinar más de 5,000 pesos semanales al cuidado de sus dos hijos enfermos.
“No hay dinero que alcance”, repite como un mantra que resume su realidad.
Los gastos médicos no solo han agotado los ingresos de la familia, sino que han obligado a Arturo y su esposa a recortar en todos los demás aspectos de su vida. La alimentación de toda la familia se ha visto comprometida.
“Nos vamos limitando en comer. Cuando vamos al hospital, no podemos ir a comer bien en algún restaurante, llevamos un pan, una torta, lo que sea. Es muy poco lo que a veces uno lleva”, describe con resignación.
Los días en que el hospital tarda en atender a sus hijos, Arturo debe pagar sesiones particulares adicionales para evitar que pierdan su turno de tratamiento. «Cuando es particularmente, cuando tardan para entrar, pues es un sufrimiento más, porque estás pagando 1,500 pesos por cada sesión», explica.
Más allá del impacto económico, Arturo carga con el peso emocional de saber que sus hijos padecen una enfermedad terminal que, sin un trasplante de riñón —inalcanzable económicamente—, los mantendrá atados a las máquinas de hemodiálisis por el resto de sus vidas.
“Es un sufrimiento, porque es un gasto semanal con estos dos hijos que tengo. Aunque ya es gratuitamente en parte, por lo mínimo son 1,500 pesos semanales”, repite, tratando de encontrar sentido a una realidad que no lo tiene.
El hijo mayor, con nueve años de tratamiento, ya muestra signos de deterioro. “Anda más acabadillo”, describe su padre con tristeza. La hija, con tres años en diálisis, mantiene mejor estado físico, pero Arturo sabe que es solo cuestión de tiempo antes de que su cuerpo también comience a ceder ante el desgaste de la enfermedad y el tratamiento.
UNA COMUNIDAD ENTERA AFECTADA
La tragedia de Arturo Evaristo García no es única. Es apenas una de cientos de historias similares en las comunidades de San Matías el Grande, San Pedro Jacuaro y San Isidro de Alta Huerta, las tres localidades más cercanas a la central geotérmica de Los Azufres y las más afectadas por la contaminación de metales pesados.
Estas comunidades indígenas presentan el índice más alto de insuficiencia renal a nivel nacional, una estadística que representa miles de familias sumidas en la pobreza médica.
Las comunidades denuncian que durante más de 30 años, desde que la Comisión Federal de Electricidad instaló la central geotérmica, estas comunidades han visto morir a sus familiares, han visto enfermar a sus hijos, han gastado sus escasos ahorros en tratamientos médicos interminables, sin que las autoridades asumieran responsabilidad alguna.
Virginia Robinson, profesora investigadora de la Facultad de Medicina de la UMSNH, realizó un estudio piloto con 559 niños de 10 a 12 años en los municipios de Hidalgo y Zinapécuaro, encontrando múltiples factores de riesgo para enfermedad renal crónica: 31% de sobrepeso y obesidad en promedio, presencia de proteinuria (proteínas en orina) en varios menores, casos de hipertensión arterial en niños y un alto porcentaje con familiares directos enfermos de insuficiencia renal.
“Todos estos factores se van juntando y hacen muy factible que estos niños puedan desarrollar enfermedad renal, sobre todo la de etiología no determinada que afecta a pacientes jóvenes”, explica la investigadora, quien enfatiza que detectar estos casos tempranamente permite canalizarlos a atención médica especializada. Los análisis detectaron casos tempranos que fueron canalizados inmediatamente.
Robinson describe la enfermedad renal crónica como un “mal silencioso” que no presenta síntomas específicos hasta que se ha perdido un gran porcentaje de la capacidad renal. “Solamente cuando ya se encuentra en una etapa terminal es cuando tienen síntomas y es cuando ya van a hemodiálisis o diálisis peritoneal, o requieren trasplante”, advierte.
“Ahí vamos, echándole ganas”, concluye Arturo quien forma parte de las comunidades que se manifestaron con una toma pacífica de las instalaciones de la CFE, región Occidente, ubicada en Morelia, exigiendo atención médica adecuada, reparación del daño y medidas para evitar que más niños y jóvenes enfermen.
Ahora que los estudios científicos de investigadores de la Universidad Michoacana han confirmado que la insuficiencia renal es causada por los metales pesados que la planta geotérmica vierte al ambiente, las comunidades tienen el sustento legal que les faltaba para exigir justicia.
Las demandas incluyen la instalación de clínicas de hemodiálisis en las propias comunidades, campañas de detección temprana, control de residuos tóxicos de la planta y, fundamentalmente, que la CFE asuma el costo total de los tratamientos médicos de todos los afectados.

