Un estudio de la UNAM reveló que las huertas de aguacate en Michoacán se triplicaron entre 1993 y 2025. El 30% de su expansión ocurrió sobre bosques templados, mientras que otra parte importante sustituyó cultivos agrícolas, profundizando impactos ambientales y sociales. / Aguacate en Michoacán triplicó su expansión en 32 años; 30% avanzó sobre bosques, revela estudio de la UNAM

Aguacate en Michoacán triplicó su expansión en 32 años; 30% avanzó sobre bosques, revela estudio de la UNAM
Por: en15dias.com / Con información de seminario de Resistencias Indígenas y Diálogos Interculturales
Durante el seminario de Resistencias Indígenas y Diálogos Interculturales, el investigador Jonathan Vidal Solórzano, del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental (CIGA) de la UNAM campus Morelia, presentó el estudio titulado “Monitoreo de la expansión de huertas de aguacate en Michoacán (1993–2025) mediante sensores remotos y análisis de trayectorias de cobertura vegetal”, una investigación que busca documentar con base científica cómo ha crecido la superficie de aguacate en el estado y cuáles son sus principales consecuencias territoriales, ambientales y sociales.
Vidal Solórzano explicó que el aguacate es un cultivo altamente rentable, tan sólo en 2025 una tonelada podía venderse en aproximadamente 60 mil a 66 mil pesos. Esa alta rentabilidad ha convertido su expansión en un proceso difícil de contener, ya que representa una enorme atracción económica tanto para productores locales como para grandes empresas agroexportadoras.
México es actualmente el principal productor mundial de aguacate y concentra cerca del 40% del aguacate comercializado en todo el mundo. De ese volumen, el principal destino es Estados Unidos, país que compra alrededor del 90% del aguacate mexicano que consume. Además, el 75% de toda la producción nacional se genera en Michoacán, lo que convierte al estado en el epicentro de esta agroindustria.
El estudio se concentró en la llamada “franja aguacatera”, una extensa región ubicada sobre la franja volcánica transmexicana que abarca cerca de 70 municipios y alrededor de 37 mil kilómetros cuadrados. Entre los municipios más importantes en producción destacan Uruapan, Tacámbaro, Salvador Escalante, Ario, Tancítaro, Peribán y zonas de reciente crecimiento como Ciudad Hidalgo, Zacapu y Purépero.
Para medir esta expansión, el equipo utilizó percepción remota, es decir, imágenes satelitales de la misión Landsat que han registrado información de la superficie terrestre desde la década de 1970. A través de estas imágenes analizaron el periodo comprendido entre 1993 y 2025 para observar cómo cambiaron los usos de suelo.
La metodología permitió clasificar toda la región en cinco grandes coberturas: bosque templado (bosques de pino, encino y pino-encino), bosque tropical o selva baja caducifolia, agricultura y pastizales, infraestructura humana (ciudades y asentamientos) y huertas de aguacate.
El método utilizado se basó en el análisis de trayectorias temporales de cada píxel satelital. Es decir, se siguió la historia de cada punto del territorio durante más de tres décadas para identificar cuándo cambiaba su comportamiento espectral y así detectar si un bosque había sido desmontado para convertirse en huerta de aguacate, o si el cambio provenía de una sustitución de cultivos agrícolas.
Vidal Solórzano,explicó que esto permitió no solo medir cuántas huertas existen, sino entender de dónde surgieron: si implicaron deforestación o simplemente reemplazron otros cultivos agrícolas.
Los resultados muestran que entre 1993 y 2025 la superficie de huertas de aguacate prácticamente se triplicó. En 1993 existían alrededor de 72 mil hectáreas; para 2025 la cifra alcanzó aproximadamente 208 mil hectáreas. Aunque otro estudio de Morales Manilla —con el que compararon resultados— estima incluso hasta 266 mil hectáreas para 2024, Vidal Solórzano aclaró que su método tiende a subestimar las huertas más jóvenes, por lo que esa diferencia es esperable.
Uno de los hallazgos más importantes fue identificar que el crecimiento más acelerado ocurrió después de 2010. Aunque la expansión ya existía desde décadas anteriores, a partir de 2009 y 2010 se observa una aceleración mucho más fuerte, coincidiendo con el incremento de la demanda internacional, particularmente en Estados Unidos.
Al analizar el origen de las huertas existentes en 2025, encontraron que el 30% se expandió sobre áreas previamente cubiertas por bosque templado, lo que representa deforestación directa. Es decir, casi una tercera parte del aguacate actual proviene de la destrucción de bosques naturales.
Otro 28% se expandió sobre tierras agrícolas o pastizales, lo que indica una sustitución de cultivos tradicionales por monocultivos orientados a la exportación. Y otro 28% corresponde a huertas que ya existían desde 1993, es decir, plantaciones maduras con más de 30 años de antigüedad.
Este hallazgo fue central porque, según explicó, el discurso público suele centrarse únicamente en la deforestación, pero también existe un problema importante en la sustitución agrícola: regiones enteras dejan de producir alimentos diversos para concentrarse en un solo cultivo dependiente del mercado internacional.
El estudio también mostró que la expansión no ocurre de forma homogénea. Algunas subregiones presentan dinámicas muy distintas. Por ejemplo, en Tancítaro, Uruapan y Peribán muchas huertas ya existían desde 1993 y el crecimiento posterior fue relativamente moderado.
En cambio, zonas como Ciudad Hidalgo y las inmediaciones de Morelia muestran una expansión mucho más reciente y agresiva, principalmente a costa de bosques naturales. En Tacámbaro, Salvador Escalante y Ario predominó más la sustitución de campos agrícolas.
Esto demuestra que no existe una sola historia del aguacate en Michoacán, sino múltiples procesos territoriales distintos dependiendo de cada región.
En cuanto a los impactos ambientales, Vidal Solórzano señaló que la expansión aguacatera implica mayor consumo de agua, uso intensivo de agroquímicos, pérdida de biodiversidad, fragmentación del hábitat y reducción de la capacidad de infiltración del suelo.
Recordó que muchas huertas requieren sistemas de riego y que existen miles de hoyas de agua y pozos —muchos sin regulación clara— que sostienen esta producción. Incluso durante la sesión se mencionó que podrían existir más de 40 mil hoyas de agua con capacidades de hasta millones de litros, lo que representa una enorme presión hídrica sobre las cuencas y comunidades rurales.
También explicó que la deforestación reduce la capacidad del suelo para infiltrar agua y mantener manantiales, algo que las comunidades reportan constantemente cuando señalan que arroyos y nacimientos de agua se han secado.
En el plano social, aunque aclaró que su investigación no se centró directamente en ello, reconoció que diversos estudios vinculan la expansión aguacatera con conflictos por la propiedad de la tierra, acaparamiento territorial, presión sobre ejidos y comunidades indígenas, así como violencia relacionada con el crimen organizado y el control de territorios altamente rentables.
Señaló que muchas veces las ganancias del aguacate no se distribuyen de manera equitativa, sino que terminan concentradas en pequeños grupos empresariales o grandes productores, mientras las comunidades asumen los costos ambientales y sociales.
Sobre el programa estatal Guardián Forestal, Vidal Solórzano consideró que puede ser útil, pero tiene una limitación importante: está diseñado principalmente para detectar deforestación. Eso significa que si una huerta de aguacate se instala sobre una parcela agrícola y no sobre bosque, el sistema no necesariamente la registra como problema.
Por ello insistió en que no basta con mapear la deforestación; también es necesario identificar todas las huertas, independientemente de su origen, para entender realmente la magnitud del fenómeno.
Durante la ronda de preguntas también se abordó la llamada “amnistía” a huertas establecidas antes de 2019 y Jonathan reconoció que trazar una línea temporal fija para definir qué huertas pueden exportar y cuáles no es una decisión compleja, porque una plantación de 2019 y otra de 2020 pueden tener exactamente el mismo impacto ambiental.
Finalmente, advirtió que mientras el cultivo siga siendo tan rentable será extremadamente difícil frenar su expansión. Consideró que una veda o prohibición por sí sola no resolvería el problema si no existen alternativas económicas reales para las comunidades rurales.
Concluyó señalando que aún falta mejorar la precisión de los mapas, fortalecer la validación estadística y cruzar estos datos con información sobre agua, cambio climático, violencia, propiedad de la tierra y desigualdad territorial.
Porque, como resumió durante su exposición, el problema del aguacate en Michoacán no es solamente agrícola ni ambiental: es también una disputa por territorio, recursos, poder y futuro.