Los ejidos de la montaña en el municipio de Zaragoza (San Francisco, La Joya, Ciénega y San José) parecen detenidos en el tiempo, como si la vieja oligarquía española hubiera maldecido a aquellos que los despojaron del poder, infundiéndoles un castigo severo y lento, una lucha de desgaste, que la gente del campo parece estar perdiendo.
A tinta y pólvora: Una experiencia en las montañas del estado de Nuevo León
Genaro Flores*
La mano de cada estudiante que empuña una pluma es levantada por el espíritu de los campesinos y obreros que dieron la vida por la dignidad de su pueblo. Cada alumno, de cada aula, de cada escuela pública del país, es el resultado directo de una lucha larga y cruel contra la marginación, el genocidio y el despojo.
Nuestras grandes universidades, “cunas del humanismo”, cegadas por la vanidad y la corrupción del interés pútrido de la burguesía, han perdido el sentido de su principal propósito: dar educación con sentido a las personas que han sostenido este país desde sus inicios (campesinos y obreros), generando así fieles servidores de la nación. Y no solo eso, se han encargado absurdamente de negar y aislar las manos que les otorgan su existencia.

Para no caer en mi propia contradicción, ya que pertenezco, por el momento, a este pragmático y confuso mundo del conocimiento (hasta que los sinuosos caprichos de la fortuna lleven a mis manos un fusil), he escrito en estas líneas no solo las condiciones del campo en algunos ejidos del estado de Nuevo León, sino también las fallas de la academia tanto en su marco práctico, político e ideológico, al querer abordar situaciones sociales complejas.
Creo firmemente en la esperanza de que el conocimiento sirva al pueblo, el pueblo se sirva de él, y con él transforme la realidad.
Caminé en el norte del país durante un mes, entre las montañas del municipio de Zaragoza, Nuevo León, buscando un animal que pone en riesgo la subsistencia de las comunidades, una “bestia” que, junto con los caprichos de la naturaleza, se alimenta del trabajo de las familias del campo, de su fuerza y libertad, manteniéndolas en una constante lucha por la vida.
Nuestro día empezaba tras los primeros rayos purpúreos de la aurora que acariciaban las puntas de las colinas, acompañados del murmullo de pequeños arroyos que se deslizaban entre las blancas rocas de la montaña. Unos cuantos leños de encino ardían en las llamas de un fogón, calentando la casa en la que una bondadosa familia del Ejido de San Francisco nos había brindado resguardo a todos los miembros del equipo de académicos que tratábamos de entender la realidad de su cotidianidad a través de la mirada fría, rigurosa y supuestamente neutra de la ciencia.
Caminábamos entre las casas viejas de adobe, el cual, nos contaron, se elabora a partir de una mezcla de tierra, agua y excremento de animales (esto para que tenga mayor firmeza). Las paredes estaban adornadas por mantas y carteles de partidos políticos, como si estos trataran de cubrir las heridas que el tiempo y el abandono ejercen en las construcciones; las caras, con sonrisas burlonas de los postulantes, parecían mirarse recelosamente entre sí, planeando su siguiente estrategia de manipulación. Caminábamos, buscando algún voluntario que quisiera llevarnos a su principal medio de subsistencia, “las parcelas” o, como ahí les llaman, “labores”.
No fueron pocas las manos que nos ofrecieron una taza de café caliente, pan y una cantidad inmensa de tortillas de maíz y harina hechas a mano. En los comedores de aquellas casas encontramos indicios y heridas de nuestra búsqueda, en la constante tos de las mujeres y en las paredes negras por el humo y el residuo de la leña, que se vuelve ceniza tras las horas, escabulléndose como un parásito, que se adentra poco a poco en los pulmones de la gente. Después de que nuestros estómagos estuvieran hinchados de café y pan, partíamos al cumplimiento del deber.
Muchas de las tierras de cultivo son de difícil acceso, pues las parcelas y ejidos no están ubicados en verdes valles, sino en las cumbres de las montañas, a las cuales en su mayoría solo se puede llegar con la ayuda de algún caballo, mula o burro que esté acostumbrado a andar entre las rocas y los riscos. Los paisajes imponen, el viento trae consigo los ecos del pasado que advierten el regreso de los tiempos de los viejos amos, de los tiempos de hambre y obediencia, donde el pan solo llega a la boca de quien lo elaboró, después de que este fue masticado y escupido por quien azotó sus espaldas.
Los registros históricos de la zona son escasos, y hay muy pocas cosas registradas en tinta y papel. Mas la historia de estos ejidos es una historia compartida por todo el país y el continente. Anteriormente estas tierras pertenecían a grupos indígenas seminómadas chichimecas, particularmente a un grupo llamado “Los Negritos”, quienes fueron aniquilados en campañas de exterminio por parte de los españoles, los cuales, al ya no tener manos que trabajaran para ellos las tierras, importaban peones agrícolas especialmente de San Luis Potosí, los cuales vivieron y murieron tras generaciones bajo el yugo de los hacendados.
Ya en 1917, tras los años de apogeo de la Revolución Mexicana, los campesinos de la Hacienda La Soledad (la cual pertenecía a un “español cabrón” llamado Don Benito) se levantaron en armas exigiendo el reparto agrario, pero no fue hasta el 4 de febrero de 1926 cuando estas familias, obligadas por la fuerza de las balas y los machetes, cedieron las tierras, pues en un principio, según cuentan los locales, estos habían accedido al reparto agrario pero solo de las tierras que estuvieran lo más alejadas posible de todo cuerpo de agua.
Y si bien, no hay registros ni documentos que avalen esta información para la exigencia de la academia, las memorias de muchos hombres y mujeres que muestran el rigor del trabajo en sus rostros y manos no dejan lugar a dudas.
“A mi papá le ponían tierra en el costal de maíz para que pesara más”.
“Éramos como esclavos, la paga era dejarnos vivir”.
Un hombre de la tercera edad, de pequeña estatura y voz quebradiza, me relataba la historia de cómo un grupo de federales (probablemente carrancistas), escapando del castigo de fuerzas revolucionarias, llegó una noche a su casa, exigiendo el único caballo de la familia y la integridad de su hermana. Con temblores en la mano y titubeos al hablar, me señaló el árbol en el que los federales habían colgado a su padre por negarse a sus exigencias. Nos despedimos con un apretón de manos y él volvió con ese curioso temblor en los brazos y en las piernas, a su vieja casa de adobe, la cual parecía pintada de negro por dentro a causa del humo de la leña.
Me gusta describir a la historia como un jinete y su caballo, cuya marcha inexorable e infinita se detiene esporádicamente, solo para observar los actos de la naturaleza humana y poner en las manos de quien observa la responsabilidad de perpetuarlos o volverlos ceniza tras el galope. Parece que, en este lugar, dicho jinete desmontó su caballo y jamás regresó.
Los ejidos de la montaña en el municipio de Zaragoza (San Francisco, La Joya, Ciénega y San José) parecen detenidos en el tiempo, como si la vieja oligarquía española hubiera maldecido a aquellos que los despojaron del poder, infundiéndoles un castigo severo y lento, una lucha de desgaste, que la gente del campo parece estar perdiendo.
Todas las familias de la región dependen de tres factores primordiales: la agricultura (de temporal), los recursos forestales y la ganadería (especialmente caprina). Una familia de entre 4 a 6 personas necesita alrededor de 2 a 3 toneladas de maíz al año para sobrevivir. Para una persona de la ciudad puede resultar exagerada dicha cifra, y más para un académico acostumbrado a la soberbia de escupir conclusiones basadas en sus hábitos y en su dieta. Y si el lector siente ofensivas estas letras hacia el mundo de la academia, créame que lo hago con toda la intención.
Para no caer en la cobardía de no decir lo que se piensa y no hacer lo que se dice, este enclenque escritor ha de decir que siente una grave preocupación por el hecho de que personas (investigadores tesistas) con una preparación y formación político-cultural mínima, un profundo desinterés en la lucha campesina y una falsa pero popular idea del “progreso” y la meritocracia, sean las encargadas de proponer soluciones a casos tan delicados como el que aquí se presenta. Más adelante abordaré el tema con profundidad.
Pero no, el clasismo académico no es la principal amenaza para la vida en las montañas. Como antes mencioné, el maíz es la materia prima fundamental en la vida de las personas, es el desayuno, comida y cena de cada día, es el alimento no solo de las familias sino también de animales domésticos como gallinas, burros, caballos, cerdos, incluso hasta los perros incluyen en su dieta alguno que otro elote que logran tomar de la milpa o la cosecha.
Entonces ¿tres toneladas siguen pareciendo exagerado? ¿Cuánto maíz consume una familia de cinco personas a la semana? ¿Cuántas tortillas se comen en el desayuno? ¿Y en la comida y en la cena? ¿Cuánto maíz se necesita para alimentar un cerdo? ¿Cuánto para un caballo, mula y las gallinas?
Y eso no es todo, las personas no son las únicas que valoran este sagrado alimento. Las parcelas, al estar rodeadas de bosque, principalmente de encino-pino y madroño (un árbol que produce un pequeño fruto rojizo que tiene la singular propiedad de embriagar), reciben constantes visitas de animales silvestres, los cuales, escapando de las consecuencias del cambio climático, las sequías, incendios (cuatro y muy fuertes registrados en los últimos tres años) y la expansión de la actividad humana, llegan a encontrar la muerte buscando alimento dentro de las parcelas.
Tal vez, dentro de la mirada voluble e interesada de la moralidad popular contemporánea, esto parezcan actos salvajes e insensibles, pero no a través de la mirada crítica de la ética y la no tan “necesaria necesidad de los campesinos de alimentarse”.
Un oso negro (razón principal de nuestra estancia en Nuevo León) puede comer más de 200 elotes en una sola noche de una sola parcela (suponiendo que solo entre un individuo). Un oso puede entrar hasta tres noches seguidas en una semana, mas los osos no son los únicos que disputan este recurso; se le suman los venados, pecaríes (jabalíes), tejones, mapaches, coatíes, conejos, ratas, zorros y coyotes. Esto sin mencionar los festines que las aves, especialmente una gran variedad de pájaros carpinteros y un pariente de los cuervos popularmente llamado “azulillo” (por obvias razones), se dan durante el día.
Y si a esto le agregamos las pérdidas por sequías y las bajas temperaturas de fin de año que queman las plantas, ¿qué les queda a las familias? Menos de una tonelada para soportar toda la temporada. ¿Con eso es suficiente? Es claro que no.
Un costal de 25 kg de maíz ronda entre los $350 a $400. ¿Cuánto puede durar? ¿De dónde se consigue el dinero si todas las actividades son de subsistencia? Vendiendo alguno de los caballos, mulas o cabras, y si la mala fortuna de un oso lo permite, vendiendo su piel (las cuales son compradas por personas provenientes de las colonias burguesas de Monterrey a módicos precios de entre los $4,000 a $7,000, cuando en el mercado taxidérmico rondan en más de los $25,000).
Aquí nace el primer choque entre los intereses y la postura ideológica de la academia frente a la brutalidad de la realidad del campo mexicano. ¿Qué se alimenten los osos o los niños? Conservación, ¿pero a base de qué? Son sorprendentes y aterradoras las respuestas que se pueden escuchar de personas “sensibles y educadas”.
Partiendo de una noción histórico-material, del supuesto de que el individuo no se forma en la individualidad, sino que son las condiciones y el entendimiento racional de dichas condiciones lo que lo forjan, podemos comprender en cierta manera el agudo y profundo conocimiento que tienen las personas sobre sus tierras.
La adaptación de las prácticas agrícolas en una zona escasa de suelos fértiles, donde el hierro del arado saca chispas por el constante choque con la roca, la selección de semillas de cosecha en cosecha, la rotación de cultivos, el trato al suelo para que las lluvias no lo arrastren y la comprensión de fenómenos climatológicos, son en su conjunto resultado de prácticas heredadas y mejoradas de generación tras generación. Prácticas que no solo son efectivas para la producción de alimentos, sino también que crean una fuerte identidad y conexión entre la comunidad y su entorno.
Así, dichas prácticas y la identidad de las personas de la región han sido clave para resistir al uso intensivo de agroquímicos, semillas híbridas y la venta desproporcionada de la tierra ejidal. Y si bien los ejidos cuentan con un apoyo por parte de PROCAMPO, el cual consta de una porción de fertilizantes, específicamente dos (enraizante y urea), los campesinos son recelosos de su uso, pues mencionan que una vez utilizados, se tiene que añadir cada vez más de estos para que la tierra produzca.
“La tierra es como uno, se acostumbra y después ya no quiere dar”.
En estos últimos años de escasez y sequía, el aprovechamiento de los recursos forestales ha sido clave para la subsistencia de los ejidos. Las sequías fueron sorprendidas por lluvias sumamente intensas y prolongadas que arrastraron el suelo de la montaña y, a su vez, pudrieron las semillas de los cultivos. Muy pocas familias fueron las que tuvieron una buena cosecha esta temporada, y las que no tuvieron la suerte de que así fuera, tuvieron que buscar la fuente de subsistencia en el bosque.
Si bien hay una gran variedad de plantas útiles que pudimos registrar (alrededor de 60), con diferentes usos y métodos de aplicación, hay tres que representan un importante ingreso económico para las familias: el laurel, el poleo y la menta. El kilo de estas tres plantas ronda entre los $28 a $30 y se extraen directamente del monte; no son cultivadas y se cortan con un permiso especial, ya que no todos los años se puede extraer dicho recurso.
¿Cuántos kilos puede extraer una persona? ¿Cuántos se necesitan para conseguir un ingreso económico suficiente para solventar las necesidades básicas? La mayoría de las plantas medicinales y comestibles de la región presentan las dos mismas amenazas: la pérdida del conocimiento sobre su uso y, por lo tanto, su relevancia entre la comunidad, y la intensa erosión a causa del pastoreo del ganado caprino, el cual devora todo a su paso.
Y si bien hay ganado vacuno, las cabras prevalecen, y de ellas se generan productos como diferentes tipos de queso y la famosa carne de cabrito, la cual tiene un costo aproximado de entre $800 a $1,000 la pieza y se revende en los restaurantes finos de la ciudad alrededor de entre $3,000 a $3,500.
¿Si las cabras son causa principal de una problemática, no es mejor opción el ganado vacuno? Recordemos el tipo de relieve de la zona; muchas vacas mueren por caer de los riscos o sufren fracturas a causa de andar entre las rocas. La demanda hídrica por ejemplar es mucho mayor que la de una cabra, y si hablamos de que las sequías son dominantes, no parece prudente introducir un gran número de ganado vacuno donde no hay agua ni alimento, resaltando que el kilo de carne de res se paga al mismo precio que la menta, $28, y se compra en $180 en las carnicerías de los poblados más cercanos.
Esto se debe al mal servicio de electricidad dentro de los ejidos, el cual puede dejar de funcionar hasta 4 días o incluso más, antes de que se solucione la falla. De esto fui testigo. ¿Qué relación tiene el servicio eléctrico con el precio de la carne? Bueno, pues muy sencillo: la carne necesita refrigeración y, sin refrigeración, no pueden existir carnicerías locales.
La electricidad parece un capricho, una banalidad, en comparación con otros servicios inexistentes dentro de los ejidos. Los doctores se niegan a subir la montaña debido a la lejanía de los centros urbanos, la falta de servicios y el constante acecho del crimen organizado. Es común encontrar personas de la tercera edad con heridas expuestas y, aun así, con la obligación de trabajar el campo: “adultos de 80 años trabajando el campo”.
El relato de hijos muertos a falta de médicos y servicios, que terminaban en secas sonrisas y en miradas que no observaban nada, pero lo veían todo, abrumaban el alma y hacían que las palabras salieran con dificultad.
En ninguno de los 4 ejidos que visitamos hay médicos ni medicinas, teniendo como consecuencia la trágica y triste muerte de muchas personas, en condiciones a veces extremas.
Mientras recorríamos el monte, uno de los ejidatarios nos contaba la historia de una mujer, una anciana, cuyos hijos se habían mudado a las ciudades y jamás regresaron, dejándola a ella sola con sus perros. Viviendo en una cabaña un tanto aislada dentro del ejido, recibía muy pocas visitas. La última mujer que habló con ella dijo que aquella solitaria le mencionó que sentía fuertes dolores en el vientre, y que, a causa de no tener manera de costear un viaje a Doctor Arroyo (el poblado más cercano con médicos), se resignaba a soportar el dolor con un par de tés de menta. Pasó menos de un mes para que volviera a tener una visita, pero solo encontraron un puñado de perros gordos y huesos humanos esparcidos por toda la casa.
La educación resiste, aunque son muy pocos los niños dentro de las escuelas, es una de las prioridades dentro de cada familia. Lo interesante es que ocurre algo parecido respecto al tema de los médicos; los maestros no quieren las plazas de la montaña. Son pocos los que cumplen su labor con cabalidad; esos pocos son un ejemplo de compromiso con el deber de llevar la educación a cada rincón del país. Son un ejemplo del compromiso y el interés que la comunidad tiene consigo misma, pues en la mayoría de los ejidos, los profesores de secundaria son adolescentes de entre 17 y 19 años, pertenecientes a la misma comunidad, los cuales estudian la preparatoria a la par que dan clases.
“Yo quiero ser científica”, me decía una pequeña niña mientras organizaba el frío abismo de mi mochila. Pero lo que la educación une, la política destruye. Aunque la población de los ejidos no es grande, se encuentra fuertemente fragmentada por la influencia de los partidos políticos, partidos que castigan fieramente la oposición al ganar. Pues, si uno de estos toma el poder, les niega a todos los que no votaron a su favor, todo tipo de apoyo y servicio, por lo que dure en la administración gubernamental. ¿Viva la democracia?
A todo esto, ¿qué propuestas han existido para solucionar las diferentes problemáticas? Bueno, se dieron talleres de fabricación de macetas a partir de cemento y tela por parte del gobierno municipal. Pocas casas son de concreto en los ejidos, ¿de dónde se sacará el material? ¿Dónde se venderán dichos productos? ¿Quién los comprará? Una de las propuestas que más llamaron mi atención fue la elaboración de cidra y dulces a partir del jugo de manzana (una opción viable). Hay un gran excedente de producción de manzana en la zona, que se desperdicia a causa de los bajos precios en los que se compra. A las personas les interesa esta opción, el único obstáculo es el precio de la maquinaria para poner en marcha la producción; el equipo ronda entre los $30,000.00 y los $35,000.00.
¿Qué soluciones ofrece la academia? ¿Cuál es la perspectiva de un investigador ante tal escenario? He de decir con toda franqueza que, sin una clara conciencia de clase, no se pueden resolver problemáticas de índole popular, ya que se cometería el error común de querer solucionar todo a base del libre mercado, el progreso y una nefasta noción individualista de poder. “Las personas solo piden y no hacen nada”. ¿Pedir servicios médicos, electricidad y agua potable es mucho? “No se esfuerzan lo suficiente”. ¿Una jornada de 4 am a 4 pm trabajando el campo es poco? ¿Me doy a entender?
Y si bien, un par de papers no simbolizan alguna amenaza directa, las decisiones que se lleguen a tomar en base a las conclusiones plasmadas en ellos, sí. Por eso enfatizo la urgente necesidad de no solo crear profesionistas con el único y claro objetivo de lucrar en base a los fondos y las tentadoras becas que se otorgan, sino profesionistas comprometidos con el apoyo a la clase trabajadora y campesina, los que son la verdadera fuerza del país.
Y finalmente he de decir que efectivamente encontramos aquella bestia que hacía y hace estragos en todo el campo mexicano, pero no, no es el oso negro ni ningún animal silvestre, sino el sistema neoliberal y la pútrida corrupción que lo envuelve. Más, he de decir que también encontramos esperanza, pues las personas del campo, las familias, aún son valientes y tienen armas, las cuales, una vez apunten decididamente a la cabeza de aquel monstruo sanguinario y disparen a la par con el apoyo de todo el pueblo mexicano, extinguirán el aliento de todos aquellos que les han negado el indispensable derecho a una vida digna. El cambio aguarda, esperando su momento, una espera latente que llegará a su fin inevitablemente.
“No amigo, no solo a los osos que se comen el maíz hay que matarlos, a los que nos roban desde la comodidad del gobierno, a esos sí, hay que cazarlos con perros y balas.”
¿Quién es?
Caudillo es la columna de Genaro Flores*
Escritor interesado en la lucha proletaria y campesina, autor independiente con más de 40 artículos publicados en diferentes medios nacionales e internacionales, cuenta con dos libros publicados independientemente.
Las ideas vertidas en la sección de Opinión son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. La política editorial de en15dias.com promueve su difusión como contribución a la discusión acerca de los conflictos sociambientales y socioterritoriales, salud comunitaria, derechos humanos, política ambiental y periodismo.
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