La paradoja hídrica detrás del cultivo de fresa en México

México se ha consolidado como uno de los principales productores y exportadores de fresa a nivel mundial, con un crecimiento acelerado en las últimas dos décadas. Sin embargo, este auge agroindustrial se concentra en regiones con alto estrés hídrico, lo que plantea retos ambientales y productivos de largo plazo.

Sacrificios ambientales del mercado global de productos agrícolas de alto valor
La paradoja hídrica detrás del cultivo de fresa en México

México es el quinto mayor productor de fresa del mundo. En poco más de dos décadas multiplicó su producción casi por cinco y hoy exporta cerca de 850 millones de dólares anuales de este fruto, lo que es, para la agricultura capitalista con rentas privadas, un gran éxito. Pero tras ese éxito agroindustrial se esconden los costos sociales y ambientales.

La mayor parte de esa fresa crece en regiones con estrés hídrico severo, sobre acuíferos que se agotan sin posibilidad de recuperarse en escalas humanas.

Además, paradójicamente, mientras el país exporta productos agrícolas de alto valor al mercado internacional, importa cultivos agrícolas básicos para la subsistencia de la población.

De cultivo local a potencia exportadora

La fresa mexicana no siempre fue un fenómeno global. En 2003, México producía alrededor de 146,000 toneladas al año, suficientes principalmente para el mercado doméstico. Para 2024, esa cifra había escalado a 696,000 toneladas (un incremento del 377%), según datos del SIAP-SADER y de la FAO, y el país se posicionaba como quinto productor mundial, detrás de China (4.2 millones de toneladas), Estados Unidos (1.3 millones), Egipto (883,000) y Turquía (677,000), pero superando a España, Rusia y Brasil.

El motor de esa expansión fue la demanda externa. Las exportaciones de fresa pasaron de 1,014 millones de pesos en 2003 a 14,713 millones en 2024, un crecimiento del 1,351% en valor nominal, de acuerdo con la balanza comercial agropecuaria del Banco de México. En volumen, el salto fue igualmente notable que pasó de 66,000 toneladas exportadas en 2010 a cerca de 200,000 en 2024, con una dependencia casi total de un solo mercado, donde el 99.4% del volumen exportado tiene como destino a Estados Unidos.

Fuentes: FAOSTAT 2024, SIAP-SADER 2024, Banco de México 2025, análisis propio con datos Aqueduct WRI 4.0.

La balanza que no cuadra: exportamos valor, importamos subsistencia

El caso de la fresa, como un producto de alto valor, no puede entenderse de forma aislada. Forma parte de un patrón estructural más amplio en el comercio agroalimentario mexicano, cuyas tensiones se vuelven cada vez más visibles en la balanza comercial agropecuaria. En 2024, México exportó productos del sector primario por un total de 23,511 millones de dólares e importó por 20,433 millones, con un saldo positivo de apenas 3,078 millones, según datos del Banco de México. Una cifra que parece favorable hasta que se examina su composición interna, donde se observan ciertas asimetrías en esta relación comercial.

Por un lado, las exportaciones se concentran en unos pocos cultivos de alto valor comercial, mientras que las importaciones responden en su mayoría a necesidades alimentarias básicas. En 2024, México importó maíz por 5,393 millones de dólares (el cereal base de la dieta nacional), soya por 3,109 millones, trigo por 1,639 millones, leche y derivados por 1,652 millones y arroz por 646 millones. Solo esos cinco rubros suman 12,479 millones de dólares en importaciones de productos de subsistencia.

Del lado contrario, las exportaciones de alto valor como el aguacate (3,844 millones de dólares), el jitomate (3,037 millones) y las fresas (788 millones) suman en su conjunto 7,669 millones de dólares en divisas, pero que no alimentan la canasta básica de los mexicanos, sino la de los consumidores en el mercado estadounidense. Esta dinámica se ha acentuado desde la entrada en vigor del TLCAN en 1994 y su sucesor, el T-MEC.

Fuente: Banco de México (2025). Balanza comercial de productos agropecuarios 1993-2025.

El dato más significativo es que México importa granos básicos por un monto que más que duplica lo que generan sus tres principales cultivos de exportación de alto valor. En otras palabras, el modelo agrario resultante del libre comercio prioriza la producción orientada al mercado externo sobre la soberanía alimentaria interna.


Enclaves de exportación y acumulación por desposesión

Los cultivos de alto valor de exportación no se distribuyen uniformemente por el territorio. La fresa, el aguacate y el jitomate se desarrollan en enclaves agroindustriales muy específicos. En el caso de la fresa se concentra en regiones como el sur de Jalisco, los valles de Baja California, el Bajío guanajuatense, el corredor agroindustrial Morelia-Pátzcuaro y en el Valle de Zamora en Michoacán. Estas geografías tienen en común acceso a infraestructura de riego, capital de inversión privada (frecuentemente transnacional) y mano de obra rural en condiciones de alta vulnerabilidad laboral.

El geógrafo británico David Harvey, en su obra The New Imperialism (2003), recupera y actualiza el concepto marxista de acumulación originaria para acuñar el término acumulación por desposesión para hacer referencia al proceso por el cual recursos colectivos y comunes (tierra comunal, agua de acuífero, ecosistemas) son privatizados y redirigidos hacia circuitos de valoración capitalista, frecuentemente en detrimento de las comunidades que históricamente los gestionaban.

En el caso de la agricultura de exportación mexicana, el agua subterránea de acuíferos de uso común es captada preferentemente por unidades productivas con capacidad de pagar la infraestructura de extracción, mientras los pequeños productores y las comunidades rurales ven menguar su acceso al líquido, incluso por asimetrías en las asignaciones de derechos de usufructo del agua.

Este proceso no ocurre mediante una expropiación formal, sino a través de mecanismos más sutiles, por ejemplo, concesiones de extracción concentradas en grandes unidades productivas, ausencia de controles reales de sobreexplotación, y una política de fomento agropecuario que incentiva los cultivos de exportación sin ponderar los costos hídricos territoriales.

El resultado es una transferencia sistemática de riqueza natural desde las comunidades rurales y los acuíferos comunes hacia circuitos de exportación controlados por cadenas agroindustriales.

“La acumulación por desposesión libera activos a un costo muy bajo (y en ocasiones nulo). El capital sobreacumulado puede apoderarse de esos activos y darles un uso rentable inmediato.” (Harvey, 2003, p. 149)


La ruptura metabólica: cuando el agua no regresa

Existe otra dimensión teórica que ayuda a comprender el fondo ecológico del problema. El concepto de ruptura metabólica, que el sociólogo John Bellamy Foster recuperó de los escritos de Marx en su libro Marx’s Ecology (2000) y expandió junto con Brett Clark y Richard York en The Ecological Rift (2010).

Marx observó en El Capital que el capitalismo industrial rompe el ciclo natural de nutrientes entre el campo y la ciudad: los alimentos y materias primas son extraídos de la tierra, transportados y consumidos en los centros urbanos, pero los nutrientes no regresan al suelo. Esa interrupción del ciclo biológico constituye lo que él llamó una ruptura en el metabolismo entre la sociedad y la naturaleza. Foster y sus coautores ampliaron este concepto para aplicarlo a la crisis ecológica contemporánea en su conjunto.

En el caso del agua, la ruptura metabólica toma la forma del agua virtual, en la cual el líquido es extraído de cuencas y acuíferos locales, incorporado a productos agrícolas y exportado a miles de kilómetros de distancia, donde es consumido sin posibilidad de retorno. A diferencia del ciclo del carbono o del nitrógeno, el agua subterránea de acuíferos profundos no tiene un ciclo de retorno natural en escalas humanas. Cada litro exportado en una caja de fresas es, en sentido estricto, un litro sustraído permanentemente del territorio que lo generó.

“La ruptura metabólica es la expresión de la contradicción fundamental entre el capitalismo y la naturaleza: el capital destruye las condiciones de su propia reproducción al interrumpir los ciclos naturales que la sostienen.” (Foster, Clark & York, 2010, p. 73)

Aplicado al caso de la fresa mexicana, el esquema es claro. La agricultura capitalista en México extrae agua de acuíferos, la incorpora a un cultivo de alto valor, y la exporta en forma de fruta fresca hacia Estados Unidos. El agua no regresa. La tierra pierde humedad. El acuífero baja su nivel freático. Y la comunidad que dependía de ese recurso enfrenta crecientes dificultades de abasto, fundamentalmente para consumo doméstico y para la agricultura tradicional. En términos de Foster, no es una externalidad accidental, sino la lógica sistémica de un modelo que subordina el metabolismo natural a la valoración mercantil.


Mapas del riesgo: dónde crece la fresa y qué tan seco está ese suelo

Para cuantificar la vulnerabilidad hídrica de las zonas productoras de fresa en México, este análisis cruzó los datos de producción municipal del SIAP con el índice de estrés hídrico de la herramienta Aqueduct del World Resources Institute (WRI), una de las plataformas de referencia global para la evaluación de riesgos del agua.

Los resultados son relevantes. Del total de superficie fresera analizada (aproximadamente 3,931 hectáreas en 96 municipios productores de México), el 70.2% se ubica en zonas clasificadas como áridas y de bajo uso de agua, es decir, territorios donde la disponibilidad hídrica natural ya es crítica.

Adicionalmente, el 27.1% del área fresera se sitúa en zonas de estrés hídrico extremadamente alto (con una tasa de extracción superior al 80% del caudal disponible) y otro 0.9% en zonas de estrés alto (entre 40% y 80%). A nivel municipal, 75 de los 96 municipios productores (el 78.1%) tienen más del 80% de su superficie fresera bajo condiciones de estrés hídrico alto o extremadamente alto.

Fuente: Análisis propio con datos del SIAP y Aqueduct WRI 4.0 (2024), escenario pesimista al año 2050.

Además, los acuíferos están al límite. Aunque el problema no es nuevo, se agrava cada año.

Según la CONAGUA, el número de acuíferos sobreexplotados en México creció de 32 en las décadas de 1970 a 114 en 2023.

Los estados más afectados son precisamente aquellos donde se concentra la producción fresera: Baja California, Guanajuato, Jalisco y Michoacán. Jalisco, el estado con mayor presión hídrica a nivel nacional, tiene 39 de sus 59 acuíferos en déficit. Baja California registra 27 acuíferos con escasez.

Figura 1. Zonas de convergencia entre producción de fresa y estrés hídrico, con datos de Aqueduct WRI 4.0 (2024)

El WRI ubicó a México en el lugar 26 del ranking mundial de riesgo de estrés hídrico, con condiciones comparables a países del norte de África y Oriente Medio. Un informe de BBVA Research (2024) estimó que apenas el 10.5% del territorio nacional presenta condiciones de sustentabilidad hídrica alta, y que el estrés hídrico podría comprometer hasta el 31% del PIB nacional en escenarios de deterioro acelerado.

Un segundo análisis de BBVA (2025) señaló que la agricultura consume el 76.3% del volumen total concesionado para usos consuntivos en México, lo que convierte al sector agrícola en el principal factor de presión sobre los recursos hídricos disponibles.

“En México, más de la mitad del territorio nacional es no sustentable en términos hídricos. Solo el 10.5% presenta condiciones de sustentabilidad alta.” (BBVA Research, 2024)


Lo que los precios de los productos de alto valor no cuentan

La economía convencional asigna precio al trabajo, a la tierra y al capital invertido en producir una tonelada de fresa. Pero el agua subterránea extraída de un acuífero sobreexplotado no tiene precio de mercado en México. Su uso tiene un costo de extracción y en algunos casos un derecho de concesión, pero no refleja el costo de reposición que es, en sí mismo, inconmensurable.

Esta externalidad, ampliamente documentada en la literatura de economía ambiental, hace que los productos agrícolas cultivados sobre acuíferos sobreexplotados sean, en sentido estricto, subvalorados. El precio que paga el consumidor en un supermercado de Los Ángeles o Nueva York por una caja de fresas mexicanas no incluye la deuda ecológica contraída con el territorio que las produjo.

Desde la perspectiva de la ruptura metabólica (Foster et al., 2010), esta es precisamente la mecánica del sistema: el mercado no solo no repara la ruptura, sino que la profundiza al incentivar la sobreextracción mediante precios que ignoran los costos naturales diferidos.


Los retos
Aunque el problema es multidimensional, existen palancas de política pública que podrían cambiar la trayectoria:

  • Valoración real del agua: incorporar el costo de reposición hídrica en los derechos de concesión, especialmente en acuíferos en déficit, para que el precio de los productos agrícolas (sobre todo los de alto valor) reflejen su verdadero costo ambiental.
  • Soberanía alimentaria: redirigir parte de los incentivos agrícolas hacia cultivos de subsistencia (maíz nativo, frijol, hortalizas de consumo local), reduciendo la dependencia estructural de importaciones de granos básicos.
  • Huella hídrica en el T-MEC: negociar criterios de sostenibilidad hídrica que incluyan indicadores de agua virtual como condición para el acceso preferencial a mercados.
  • Zonificación y delimitación de fronteras agrícolas de alto valor y de excesivo requerimiento hídrico: desincentivar la expansión de cultivos intensivos en agua en municipios con estrés hídrico extremadamente alto y fortalecer el sistema de monitoreo de acuíferos de la CONAGUA como herramienta de alerta temprana.

REFERENCIAS Y FUENTES

  1. FAO (2024). FAOSTAT: Crops and livestock products.
  2. SIAP-SADER (2024). Sistema de Información Agroalimentaria y Pesquera.
  3. Banco de México (2025). Balanza comercial de productos agropecuarios 1993-2025.
  4. World Resources Institute (2024). Aqueduct Water Risk Atlas v4.0.
  5. CONAGUA (2024). Estadísticas del Agua en México.
  6. Durán-Tovar, I.E. & Palacios-Vélez, O.L. (2012). Exportación de agua virtual: el caso de la fresa mexicana. Tecnología y Ciencias del Agua, 3(4).
  7. WRI México (2023). Aqueduct 4.0: países con estrés hídrico.
  8. BBVA Research (2024). Situación hídrica en México.
  9. BBVA Research (2025). Sostenibilidad Ambiental México: situación hídrica.
  10. Hoekstra, A.Y. & Chapagain, A.K. (2008). Globalization of Water. Blackwell Publishing.
  11. IMCO (2023). Mapeo de cosechas y estrés hídrico vía Aqueduct.
  12. Harvey, D. (2003). The New Imperialism. Oxford University Press. (Cap. 4: Accumulation by Dispossession.)
  13. Foster, J.B. (2000). Marx’s Ecology: Materialism and Nature. Monthly Review Press.
  14. Foster, J.B., Clark, B. & York, R. (2010). The Ecological Rift: Capitalism’s War on the Earth. Monthly Review Press.
  15. Marx, K. (1867). El Capital, Tomo I. (Formulación original del concepto de ruptura metabólica en el capítulo sobre la gran industria y la agricultura.)

¿QUIÉN ES?
Faustino Gómez Santiz es un geógrafo y economista mexicano cuya trayectoria académica se ha desarrollado entre la investigación socioambiental y los estudios territoriales desde una perspectiva interdisciplinaria. Formado en el cruce entre la economía y la geografía, realizó un doctorado en Estudios Urbanos y Ambientales en El Colegio de México, donde trabajó sobre sistemas socioecológicos y medios de vida en zonas periurbanas. Posteriormente, se ha vinculado como investigador posdoctoral a la Universidad Nacional Autónoma de México, abordando temas como la gestión de recursos comunes, la valoración económica ambiental y las transformaciones territoriales . Su producción académica combina herramientas de la economía con enfoques de la geografía crítica, centrados en las dinámicas socioecológicas, el territorio y las instituciones que regulan el acceso a los recursos, lo que lo sitúa en una línea de investigación que articula economía política, ecología y territorio.


Las ideas vertidas en la sección de Opinión son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. La política editorial de en15dias.com promueve su difusión como contribución a la discusión acerca de los conflictos sociambientales y socioterritoriales, salud comunitaria, derechos humanos, política ambiental y periodismo.

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