Un siglo después del cartel Phoebus, la industria sigue fabricando objetos destinados a fallar. Del marketing al software, la obsolescencia programada se convirtió en la base del consumo moderno y en una amenaza ambiental global.
Obsolescencia programada: el negocio del desperdicio
Por en15dias.com
Desde hace más de un siglo, la industria mundial fabrica productos que nacen con fecha de caducidad. La llamada obsolescencia programada —el diseño deliberado de objetos con vida útil limitada— ha garantizado ventas constantes, pero también ha transformado al planeta en un vertedero tecnológico.
De acuerdo con Naciones Unidas, cada año se generan más de 62 millones de toneladas de basura electrónica, la mayoría en países donde los residuos terminan sin control ni tratamiento.
En una estación de bomberos de Livermore, California, una bombilla fabricada en 1901 sigue encendida desde hace 124 años. Su luz tenue es una metáfora de lo que fue posible antes de que el mercado impusiera sus límites. Si a comienzos del siglo XX era posible fabricar focos casi eternos, ¿por qué hoy duran apenas unos meses? La respuesta está en un pacto industrial sellado hace cien años: el cartel Phoebus.
El nacimiento del cartel Phoebus: limitar la duración para maximizar las ganancias
Fundado en 1924 en Ginebra, el cartel reunió a los principales fabricantes de bombillas del mundo —Osram, Philips, General Electric, entre otros—, quienes acordaron limitar la vida útil de sus productos a mil horas. Las empresas que fabricaran bombillas más duraderas serían sancionadas con multas internas.
Aquella decisión no solo consolidó un mercado más rentable, sino que inauguró una práctica que se extendería a todas las industrias del planeta. A partir de entonces, la idea de producir objetos diseñados para fallar se convirtió en un modelo económico.
Del experimento industrial al modelo cultural del consumo
En plena Gran Depresión, el empresario estadounidense Bernard London teorizó la propuesta en su panfleto Ending the Depression Through Planned Obsolescence, donde sugería imponer legalmente una fecha de caducidad a los bienes de consumo para forzar su reemplazo.
Aunque su iniciativa no prosperó como ley, el concepto fue adoptado por el sector privado. Dos décadas más tarde, en 1954, el diseñador Brooks Stevens lo redefinió desde el marketing: “inculcar en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario”. Esa frase marcó el inicio del consumo acelerado y de una cultura donde lo nuevo se impone como valor.
La expansión global de un sistema que no deja de producir basura
La práctica se extendió rápidamente. En los años cincuenta, la industria automotriz estadounidense comenzó a lanzar nuevos modelos cada año, aun sin innovaciones sustanciales, solo para promover la sustitución. En las décadas siguientes, los electrodomésticos se fabricaron con materiales más baratos y menos duraderos, mientras que la globalización abarató tanto los costos que reparar dejó de ser rentable.
Con la llegada de la era digital, la obsolescencia se volvió invisible: el software, las actualizaciones y la incompatibilidad programada se convirtieron en sus nuevas herramientas.
Las nuevas formas de la obsolescencia: técnica, psicológica e incompatible
Hoy la obsolescencia programada opera en varios frentes. A veces es técnica o funcional: los productos dejan de servir tras cierto número de usos, como ocurrió con las impresoras Epson, HP y Canon que se desactivaban después de imprimir cierta cantidad de hojas.
Otras veces es psicológica: los consumidores, influenciados por la publicidad, perciben sus objetos como viejos aunque funcionen perfectamente. Apple ha hecho de este fenómeno una estrategia recurrente, lanzando cada año nuevos modelos de iPhone que vuelven obsoletos los anteriores en cuestión de meses.
También existe la obsolescencia por incompatibilidad, cuando los cambios técnicos —como nuevos cargadores o puertos— dejan inutilizables accesorios previos. Y en otros casos, la estrategia es indirecta: simplemente se dejan de fabricar piezas de repuesto o se suspende el soporte técnico.
Un estudio de la Agencia Francesa de Medio Ambiente reveló que casi una quinta parte de los electrodomésticos se descartan únicamente porque ya no existen refacciones.
El nuevo frente: hacer imposible reparar
En los últimos años, el fenómeno ha tomado una forma más agresiva: impedir la reparación. Muchos fabricantes utilizan tornillos especiales, adhesivos industriales o diseños sellados que hacen casi imposible abrir el dispositivo.
Otros bloquean mediante software cualquier intento de reparación no autorizada. John Deere lo hace con sus tractores; Apple con su “Error 53” en iPhones reparados fuera de sus centros. A esto se suman leyes de propiedad intelectual y garantías que criminalizan incluso el acto de reparar o modificar un producto.
La factura ambiental: un planeta convertido en basurero electrónico
El costo ambiental de esta estrategia es brutal. Solo el 17 por ciento de los residuos electrónicos se recicla de manera formal. El resto termina en vertederos del Sur Global, donde miles de personas —incluidos niños— desmantelan dispositivos tóxicos para recuperar metales.
En lugares como Agbogbloshie, en Ghana, o Guiyu, en China, los suelos y ríos están saturados de plomo, mercurio y cadmio. Fabricar un solo teléfono inteligente requiere 44 kilogramos de materiales, 13 toneladas de agua y más de 60 elementos químicos. Sin embargo, su vida útil promedio no supera los dos años y medio.
El derecho a reparar: la resistencia global crece
Frente a esta realidad, en varias partes del mundo comienzan a surgir movimientos de resistencia. Francia fue pionera en 2015 al tipificar la obsolescencia programada como delito y crear el “índice de reparabilidad”, que obliga a los fabricantes a informar qué tan fácil es reparar un producto.
La Unión Europea avanzó más allá al aprobar en 2021 el “derecho a reparar”, que exige a las empresas mantener repuestos disponibles durante una década. En Estados Unidos, algunos estados —como Nueva York— han comenzado a aprobar leyes similares, mientras que en América Latina la discusión apenas se abre paso.
Paralelamente, iniciativas ciudadanas como los Repair Cafés se multiplican en todo el mundo: talleres comunitarios donde voluntarios enseñan a reparar objetos y a extender su vida útil. En quince años, más de 2,500 espacios de este tipo en 45 países han evitado el desecho de más de 600 mil toneladas de residuos.
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