A dos años de la desaparición de José Gabriel Pelayo Zalgado, maestro rural y defensor del territorio en Michoacán, su familia continúa la búsqueda entre el dolor, el silencio y la exigencia de justicia en un país marcado por más de 131 mil personas desaparecidas. / Dos años buscándolo
Dos años buscándolo
Yulissa Pelayo
Hay ausencias que no se pueden explicar con el paso del tiempo.
Las familias de personas desaparecidas aprendemos muy pronto que el tiempo no cura esta herida. El tiempo sólo la vuelve más profunda. Porque cada día que pasa sin saber dónde está alguien que amas es también un día más de preguntas sin respuesta, de incertidumbre y de espera.
La desaparición no se parece a ninguna otra forma de pérdida. No hay despedida. No hay certeza. No hay un lugar al cual llevar flores.
Solo hay una pregunta que se repite todos los días: ¿Dónde está?
Hoy se cumplen dos años desde que mi papá, José Gabriel Pelayo Zalgado, desapareció.
Mi papá es maestro rural, defensor del territorio y activista ambiental. Durante más de treinta años enseñó en comunidades donde muchas veces la escuela es uno de los pocos espacios donde todavía se puede imaginar un futuro distinto.

El 19 de marzo de 2024 salió a la cabecera municipal de Coalcomán, Michoacán, para comprar víveres y acompañar a mi mamá a tomar el autobús. Era una actividad cotidiana, algo tan simple que nadie imaginaría que sería la última vez que lo veríamos.
Ese día José Gabriel Pelayo Zalgado fue privado ilegalmente de su libertad.
Desde entonces no sabemos dónde está.
Pero la desaparición de una persona no deja solo un vacío en su familia. También atraviesa a todas las personas que formaban parte de su vida.
Muchos de sus estudiantes siguen preguntando por él. Algunos pueden expresar con facilidad que lo extrañan. Otros simplemente bajan la mirada o ponen una expresión triste cuando alguien menciona su nombre. En algunos casos, incluso, en sus casas les han pedido que no hablen del tema. No es sencillo explicar ni procesar algo así cuando se es niño.

Entre familiares y amigos también ha aparecido algo que muchas familias de personas desaparecidas conocen bien: el silencio.
Algunas personas decidieron no volver a tocar el tema. No sé si es por desinformación, por miedo o porque cuando alguien desaparece, las personas simplemente no saben cómo reaccionar.
La desaparición no es una muerte que permita vivir un duelo. Es la ausencia permanente de una persona y la incertidumbre constante de no saber dónde está, si sigue con vida o qué fue lo que ocurrió.
Mientras no haya respuestas, el duelo no existe. Lo que existe es la fuerza de seguir buscando.
En el municipio donde mi papá trabajaba y vivía, el silencio también ha estado marcado por el miedo. Muchas personas han preferido no hablar ni mencionar el tema. A otras se les ha pedido directamente que no lo hagan.
Cuando desaparece un líder social, el mensaje que queda en las comunidades es claro: hablar puede ser peligroso. El dolor entonces se mezcla con el miedo.
Y muchas personas eligen evadir cualquier conversación relacionada con lo ocurrido, incluso cuando es evidente el impacto que la desaparición ha tenido en la comunidad.
Pero esta historia no es solo la historia de mi familia.
En estos dos años de búsqueda he escuchado muchas historias de otras familias que también buscan.

Historias que se parecen entre sí, aunque hayan comenzado de maneras distintas.
Está Doña Carmen. Su hija fue reclutada por el crimen organizado con una falsa promesa de trabajo. Logró escapar y regresar a casa. Pero una tarde volvió a salir y nunca regresó. Dejó una niña pequeña sin su mamá y una familia con un espacio vacío.
Está la señora Elena. Su hijo tuvo una discusión con su novia. Salió de casa un día cualquiera y nunca volvió.
Están las hermanas Robles, que llevan más de catorce años buscando a su hermano después de que fue detenido por militares durante los años de la llamada guerra contra el crimen.
Está la señora Teresa, a quien le dijeron que su hijo había sido localizado. Le entregaron un cuerpo sin pertenencias ni certezas. Ella pidió una segunda prueba de confronta genética para confirmar que realmente se tratara de su hijo, pero le dijeron que no era posible.
Está la señora Rosa, cuyo esposo salió a trabajar conduciendo una camioneta de carga de verduras. Nunca regresó.
Y está la señora Alicia, cuya hija se fue a vivir con su pareja a otro estado. Intentó separarse de él porque era violento, y después de eso nadie volvió a saber de ella. Ahora Alicia busca a su hija mientras intenta ver a sus nietos, pero el padre de los niños no se lo permite. Tampoco ha sido investigado. Dicen que no hay pruebas. Dicen que es un hombre con dinero.

Podría seguir nombrando historias.
Porque en los colectivos y en las jornadas de búsqueda una historia lleva a otra.
Cada familia carga su propia ausencia, pero todas comparten algo: la certeza de que la desaparición deja una herida que no solo atraviesa a una persona, sino a generaciones enteras.
México vive una crisis profunda de desapariciones.
De acuerdo con el informe de Red Lupa, una plataforma de seguimiento ciudadano sobre personas desaparecidas, en el país se registran más de 131 mil personas desaparecidas y no localizadas, una cifra que continúa creciendo cada año (Red Lupa, 2025).
Detrás de cada número hay una historia.
Una familia que busca.
Una silla vacía en la mesa.
Una vida suspendida.
A esta crisis se suma otra realidad: el riesgo que enfrentan quienes defienden la tierra y el territorio.
Según el Centro Mexicano de Derecho Ambiental, México es uno de los países más peligrosos para las personas defensoras del medio ambiente. Cada año se registran decenas de agresiones, amenazas, criminalización y asesinatos contra quienes protegen los bienes naturales y los territorios de sus comunidades (CEMDA, 2024).
Muchos de estos ataques ocurren en contextos donde confluyen intereses económicos, violencia criminal y ausencia del Estado.
Michoacán no es la excepción.
Defender el territorio, denunciar la violencia o impulsar procesos comunitarios en muchas regiones del estado implica asumir riesgos cada vez mayores.
En este contexto, la desaparición de mi papá no puede entenderse como un hecho aislado.
Dos años después, también es necesario decir algo con claridad: el Estado le ha fallado a José Gabriel Pelayo Zalgado.
Le ha fallado porque no ha logrado encontrarlo.
Le ha fallado porque la investigación no ha avanzado como debería.
Le ha fallado porque las familias seguimos teniendo que buscar, insistir y exigir lo que debería ser una responsabilidad institucional.
Pero también le ha fallado a miles de personas desaparecidas en todo el país.
Le ha fallado a las madres buscadoras que recorren campos y desiertos con la esperanza de encontrar a sus hijos.
Le ha fallado a las familias que llevan años esperando respuestas.
Le ha fallado a las comunidades que viven entre el miedo, la violencia y el silencio.
A pesar de todo, seguimos nombrando a mi papá.
Nombrarlo es recordar que es un hombre que dedicó su vida a enseñar en comunidades rurales.
Que sembró árboles con sus estudiantes.
Que creía profundamente en el trabajo colectivo.
Que defendía el territorio donde nació.
Y también es recordar algo que él mismo me enseñó. Mi papá siempre me decía que no tuviera miedo. Que las decisiones que tomará estarían bien si las hacía desde la convicción.
Me decía que nunca dejara de luchar, que nunca dejara de ser feliz y que disfrutara la vida incluso en medio de las dificultades.
También decía algo que ahora entiendo de una manera distinta: que todos los días se aprende algo nuevo y que sorprenderse por ello no es un acto de ignorancia, sino una forma de recordar que seguimos teniendo alma, que seguimos siendo humanos.
Para él, esa humanidad, esa capacidad de sentir, de indignarnos, de conmovernos era parte de la fuerza que nos impulsa a seguir luchando.
Y también decía algo más. Decía que no importaba si en nuestras luchas no alcanzábamos a vencer al enemigo. Que el simple hecho de no rendirse abriría el camino para que otros siguieran luchando.
Tal vez por eso seguimos buscándolo.
Porque en esta búsqueda también habitan sus palabras.
Dos años después seguimos haciendo la misma pregunta que hicimos el primer día: ¿Dónde está José Gabriel Pelayo Zalgado? Y mientras no tengamos una respuesta, seguiremos buscándolo.
Referencias
Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA). (2024). Informe sobre la situación de las personas defensoras ambientales en México 2023. CEMDA.
Red Lupa. (2025). Informe nacional de personas desaparecidas en México. Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia.






