La lucha cultural en Santa María: entre el poder y la defensa de la antigua escuela “20 de Noviembre”

Un proyecto de arte y cultura que durante seis años ha trabajado en Santa María de Guido enfrenta la amenaza de desalojo por parte de autoridades estatales, en lo que integrantes del colectivo denuncian como un acto de despojo favorecido por intereses de poder./ La lucha cultural en Santa María: entre el poder y la defensa de la antigua escuela “20 de Noviembre”

La lucha cultural en Santa María: entre el poder y la defensa de la antigua escuela “20 de Noviembre”

Por: Gilbert Gil Yáñez / en15dias.com
FEBRERO 2026

Interior de la antigua escuela «20 de Noviembre». / FOTO: Gilbert Gil Yáñez.

PRIMERA PARTE: LA ESCUELA QUE LA HISTORIA QUIERE BORRAR

Al sur de la ciudad de Morelia, en la tenencia de Santa María de Guido, antiguo establecimiento de la cultura Pirinda, y después parte importante de la ciudad española colonial, se puede visitar un inmueble que data del siglo XIX. El edificio que se encuentra en la calle Juan Ruiz de Alarcón #58, no es cualquiera edificio.

Para los amantes de la arquitectura es una joya arquitectónica donde se han proyectado restauraciones que no han llegado a concretarse.  

Este inmueble es parte de los edificios resguardados por el Patrimonio Histórico del Estado, dependiente de la Secretaría de Finanzas y Administración del Gobierno de Michoacán.

Hay poco acerca de la historia de la escuela, si embargo en15dias.com pudo conocer la historia de este inmueble por la narración, desde el punto de vista arquitectónico, de dos tesis que hablan acerca de la restauración de este edificio histórico.

Por una parte, la tesis escrita en 2010 de la arquitecta Heriberta Elvira García Figueroa, llamada “Proyecto de restauracion de la antigua escuela 20 de noviembre en Santa María de Guido, Morelia, Michoacán” y diez años después la tesis de la arquitecta María Elena Cortés Hernández, titulada “Proyecto de integración de la antigua Escuela 20 de Noviembre en la Tenencia de Santa María”, escrita en 2020.

en15dias.com hizo una revisión de los textos y en una parte de su marco histórico las arquitectas presenta un esbozo de lo que fue el inmueble, el cual se convirtió en algún momento de la historia en la primera institución educativa de la zona pero mucho tiempo antes fue una casa de veraneo de las clases acomodadas.

“Desde 1868, el pueblo de Santa María comenzó a transformarse cuando familias pudientes de Morelia construyeron casas de recreo y veraneo, cambiando la imagen urbana del lugar”, señala la arquitecta Heriberta Elvira García Figueroa.

Según la investigación de su tesis, a finales del siglo XIX, siguiendo la moda europea, las familias pudientes de Morelia construyeron casas de campo en sitios arbolados y frescos.

“Mientras algunos edificaron en el Bosque de San Pedro (ahora Bosque Cuauhtémoc) con influencia Art Nouveau, otros optaron por Santa María adoptando estilos arquitectónicos coloniales. La aristocracia acudía por temporadas desde junio a sus casas de campo, fechas en que el pueblo cambiaba su rutinaria vida rural por las fiestas de la advocación de la Virgen de la Asunción”, se describe en la tesis de García Figueroa.

Según los datos aportados, la edificación original “se conformaba de dos patios, el primero más grande que el segundo, destacando su arquería en el acceso.

En la ficha de la arquitecta, se registra que “su fachada principal, con orientación oeste, presenta dos ventanas, un portón y una ventana adicional, todas con enmarcamiento en cantería, jambas y platabandas lisas, y cornisa moldurada. La fachada lateral norte cuenta con tres ventanas y una puerta. Las ventanas y puertas son de madera con abatimiento, siendo un ejemplo de la arquitectura civil del siglo XIX en la que cambian los modos de vida bajo la influencia de costumbres francesas”.

La arquitecta Heriberta Elvira García Figueroa caracteriza y diferencia lo que era la casa de veraneo y la escuela pública.

“El diseño original como casa habitación constaba de un zaguán de acceso, pórtico, sala, recibidor, recámaras, comedor, cocina, patio y traspatio con baño común. Al convertirse en escuela, la distribución se adaptó para incluir dirección, salones, patio, teatro, cocina y baños comunes separados para niños y niñas”, señala como una de las características más importantes del nuevo diseño en las fichas de la arquitecta.

Las arquitectas coinciden, gracias al documento, que se encuentra en el archivo de la Hacienda Pública del estado, se señala que en 1921, el Estado de Michoacán adquirió el inmueble de su propietario original, don José Amador Ortiz León, por $2,500 pesos (de ese entonces), destinándolo para funcionar como “Escuela Primaria 20 de Noviembre”, convirtiéndose así en la primera institución educativa de Santa María de Guido.

Un documento, que pertenece al Archivo de la SEP, presentado por la arquitecta María Elena Cortés Hernández, en su tesis titulada “Proyecto de integración de la antigua Escuela 20 de Noviembre en la Tenencia de Santa María”, escrita en 2020, hace referencia al periodo en que funcionó como escuela, la cual se mantuvo abierta durante 56 años, de 1921 a 1977, albergando a generaciones de estudiantes de la comunidad.

Imagen: Archivo de la SEP, presentado por la arquitecta María Elena Cortés Hernández.

Si uno visita el lugar, la fachada norte conserva las letras de hierro que aún proclaman “Escuela 20 de Noviembre” y también conserva el acomodo de los salones y de los espacios que tenía la escuela.

Después de su etapa como escuela primaria, el inmueble albergó entre 1977 y 1980 las instalaciones de la Escuela Secundaria “Magisterio” (ahora Secundaria No. 8). Durante los años 80 funcionó como dispensario médico de la SSA y continuó albergando aulas de la “Escuela Primaria 20 de Noviembre”.

En julio de 1990, la SEP hizo entrega del edificio para instalar el Centro de Capacitación Estatal “Profesor José López Rodríguez”, recibiéndolo “en condiciones deplorables: sin cristales en la herrería, puertas en mal estado, baños deteriorados, y pisos y techos dañados”, señala en su tesis la arquitecta Cortés Hernández.

García Figueroa narra que “el 11 de octubre de 1991, habitantes de la tenencia e integrantes de un comité que se había pronuniciado por su rescate autollamado Comité Pro-Rescate tomaron el inmueble con ayuda de profesores, instalando la oficina de Supervisión Escolar de la Zona 116, sector 10, un dispensario médico y un aula extensión de la escuela “20 de Noviembre” en turnos matutino y vespertino”.  

Tras estas disputas, el inmueble fue catalogado por el INAH en 1999 ya en un estado de estado de abandono y deterioro.

Así lo evidencia el documento que presenta la arquitecta María Elena Cortés Hernández donde aporta el documento que da evidencia que el inmueble se encuentra catalogado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) con Número de Clave 16053996 y Ficha 0009.

Durante los siguientes años, la ausencia total de mantenimiento por parte de vecinos e instituciones competentes aceleró el deterioro de este inmueble, pasaron invasores, oficinas de gobierno, hasta que sus habitantes se interesaron por rescatar el inmuebel y con ello parte fundamental de su historia y patrimonio.

Las fotos evidencian esa ausencia. La foto de la izquierda corresponde a 2012 y la de de la derecha a 2017.

La arquitecta María Elena Cortés Hernández registra una de las últimas oportunidades de rescate comunitario que se dieron hasta 2020. El 12 de septiembre de 2019, en una reunión con la asociación llamada “Asociación Civil Santa María de los Altos”, hoy de Guido, “integrada por vecinos de la escuela que se integraron como Asociación Civil con la finalidad de velar por el caso de estudio (inmueble) y protegerlo para buscar su conservación (…)”,

Según las fuentes consultadas, esa Asociación abandonó el caso de rescate debido a diferencias entre ellos.

Como parte de su tesis, la arquitecta, planteó una restauración y un proyecto de “Centro Cultural” en lo que sigue siendo las ruinas del inmueble. Ese día la asociación pudo conocer el proyecto arquitectónico del “Centro Cultural” que la arquitecta Cortés Hernández les presentaba.

“Estuvieron de acuerdo y mencionaron del interés de la población de la tenencia de contar con clases de música y literatura”, narra la arquitecta en su tesis donde anexa fotografías de la reunión.


SEGUNDA PARTE: LA CONSTRUCCIÓN DE UN
ESPACIO DE ARTE COMUNITARIO

Cuando entras al inmueble, lo primero que te golpea no es el olor a humedad, es el silencioso y la oscuridad. Dos ventanas enmarcan el exterior como si fueran cuadros colgados en una galería. La luz entra apenas, recortando la silueta de lo que alguna vez fue una pared de piedra robusta al otro lado del patio.

La vegetación ya ganó la batalla: los arbustos trepan sin permiso entre los muros de cantera, y uno se pregunta si la naturaleza está destruyendo el lugar o simplemente reclamando lo que siempre fue suyo.

Una escoba naranja olvidada en el umbral derecho es el único indicio de que alguien, en algún momento reciente, intentó hacer algo al respecto. Al avanzar hacia la siguiente sala, las paredes cuentan su historia. Las manchas negras de humedad se extienden desde el techo hasta casi el suelo, como sombras permanentes. Las fotos corresponden a la visita que realizó en15dias.com a inicios de febrero de 2026.

Una mesa de madera con una cubierta de plástico negro sigue ahí, abandonada con una extraña dignidad. En el rincón, algo que pudo ser un cubo o recipiente de piedra descansa como una pieza arqueológica. El foco de luz que entra por la ventana enrejada ilumina los árboles del exterior.

Luego llegas al corazón del lugar: la fachada interior completamente desollada. El aplanado se cayó a pedazos revelando capas de historia — ladrillo rojo, piedra, concreto viejo pintado de verde agua. Una ventana tapiada con ladrillos y una reja oxidada contrasta con la ventana de al lado, donde alguien — y esto es lo que más te detiene — colgó unas cortinas azules. Unas cortinas. En medio de la devastación, alguien quiso intimidad, quiso un hogar. Una cubeta verde y una escoba al lado confirman que este rincón fue habitado hace no tanto. Eso es lo que más pesa.

Y al salir, levantas la vista hacia el último testigo en pie: un muro de piedra volcánica que se eleva desafiante contra un cielo gris. No tiene techo, no tiene ventanas, apenas tiene forma. Pero sigue de pie. Las plantas le brotaron encima como una corona, y las ramas secas se entretejen con las verdes. Desde abajo, el muro se ve monumental, casi como una escultura. Pero al lado, algo diferente respira.

Es el mismo complejo, parte de la misma historia del lugar se encuentra un cuarto pequeño, pintado de blanco, limpio y vivo.

Ahí nos espera América, una mujer de la comunidad de Santa María de Guido que ha convertido este rincón en un espacio de resistencia silenciosa.

Con pintura blanca, arte en las paredes y las ganas de quien sabe que la cultura salva, ha abierto este lugar para talleres comunitarios: un espacio donde los vecinos del barrio pueden crear, aprender y reunirse.

Es imposible no sentir el contraste. A unos metros, muros que se caen solos y del otro lado el color.

América de La Torre recibe a en15dias.com desde este lugar, donde desde hace seis años, lidereando un esfuerzo comunitario para recuperar la memoria histórica y ofrecer a sus habitantes un espacio cultural.

Luego del fracaso de la última asociación, en el 2020 fue que contactaron a De La Torre para dar continuidad , y “se constituyeron como Agrupación de Colonos de Santa María de Guido, Habitar las Artes y luego de su protocolización”, se le agregó las siglas “AC”.

El proyecto que se ha denominado “Habitar las Artes”, es apoyado por un colectivo de artistas, académicos y vecinos de la zona, quienes operan desde un espacio contiguo a las ruinas de la antigua “Escuela Primaria 20 de Noviembre” bajo un modelo “asambleario, horizontal y apartado de toda afiliación política o religiosa”, señala América de La Torre, en entrevista con en15dias.com.

De la Torre explica que la iniciativa de rescate del edificio fue impulsada originalmente por adultos mayores que estudiaron en la escuela primaria y mantuvieron viva la idea de recuperarla durante años.

En15dias.com pudo confirmar este dato gracias a la tesis y fotografías publicadas por la arquitecta Cortés Hernández y la reunión que tuvo con la “Asociación Civil Santa María de los Altos”, donde también participó América De La Torre.

Según la información de la escritora, estas personas sostuvieron el proyecto incluso mientras la comunidad libraba una disputa paralela por conservar el estatus jurídico de la tenencia ante intentos de cambiarle su categoría administrativa.

En ese contexto de lucha doble, muchos de quienes prometieron apoyar el rescate del edificio terminaron por abandonar esa causa al concentrarse en el conflicto político.

Los ancianos, sin embargo, insistieron, destaca De La Torre. Fue en ese contexto que contactaron a la escritora, entre otros artistas que vivían en la zona y que sostenían ya un taller literario en una cafetería del barrio.

“Fueron a mi cafetería, veían el taller literario y un día nos dijeron: maestra, ¿por qué no nos apoya en rescatar este espacio?”, relata De la Torre. El colectivo aceptó, pero antes de definir el uso del inmueble decidió consultar a la comunidad.

Según cuenta De La Torre, mediante encuestas aplicadas en el mercado y la plaza pública, y con volantes distribuidos casa por casa a la usanza tradicional, recogieron la opinión de los habitantes, quienes se pronunciaron por un centro de artes y oficios que pudiera también generar ingresos para las familias.

A partir de ahí se constituyó la asamblea como órgano de decisión horizontal y se estableció la gratuidad como principio rector, recuerda De La Torre. Aclara que las aportaciones económicas de las familias que pueden realizarlas se dividen entre los talleristas y el sostenimiento del espacio, pero nadie queda excluido por no poder pagar.

“Habitar las Artes” lleva casi seis años en operación. Comenzó con dos talleres, guitarra clásica y literatura y ha llegado a ofrecer hasta trece simultáneamente. El catálogo actual incluye violín, guitarra popular, danza, yoga, ilustración, cómics e historieta, manga, pintura para adultos y jóvenes con un maestro de más de treinta años de trayectoria, canto, inglés y purépecha.

Se formó además el “Coro de Santa María”, dirigido durante cuatro años por una maestra que recientemente recibió una beca en España, lo que dejó el grupo temporalmente en pausa. Los maestros trabajan de forma voluntaria; más de cien instructores han pasado por el espacio desde su fundación, algunos provenientes de otras comunidades que llegan especialmente durante los talleres de verano.

El espacio alberga también una biblioteca comunitaria nutrida en parte con donaciones del Fondo de Cultura Económica gestionadas por el escritor Paco Ignacio Taibo II, y desarrolla varios proyectos de recuperación de memoria histórica.

Uno de ellos es “Semillas Históricas”, coordinado por una bióloga y una historiadora, que documenta la flora y la fauna desaparecidas de la región, así como los saberes medicinales tradicionales, y los compila en álbumes que las familias pueden usar como guías de medicina natural.

Otro es “Los Memoriosos”, nacido en la Feria Intercultural del Libro celebrada en la plaza de la tenencia, en el que personas mayores dictan sus recuerdos para que sean transcritos por los coordinadores y compilados en libros de memoria oral colectiva.

Asimismo, el centro organiza desde hace cuatro años encuentros de poetas purépechas. El tercero de ellos se realizó este 15 de febrero de 2026, con la participación del Consejo Supremo de Mujeres Indígenas y poetas de diversas comunidades.

De la Torre subraya que la mayoría de los niños y jóvenes que asisten a los talleres provienen de familias con madres solteras que sostienen hasta dos o tres empleos simultáneos, padres ausentes por migración hacia Estados Unidos o situaciones de violencia doméstica y comunitaria.

“Nuestro principal objetivo es social, pues es el arte y la cultura. La recuperación de ello”, explican desde el colectivo. Pero su visión va más allá de ofrecer talleres: «Propiciar que el espacio de las subjetividades pues sane, ante tanto empobrecimiento, ante tanta violencia».

Según la escritora, cada día, maestros llegan voluntariamente a la antigua escuela para impartir talleres gratuitos. Enseñan artes plásticas, lectura, escritura, oficios artesanales. Los niños que asisten provienen de familias golpeadas por la violencia estructural de la pobreza extrema.

“Vienen niños que han sido desplazados con toda su familia de esa violencia que hay en las comunidades, por el crimen organizado. Y niños y jóvenes que viven esa violencia estructural que es el empobrecimiento y que sus madres tienen que trabajar dos o tres jornadas diarias para poder sostenerlos”, describe.

Para estos niños, “Habitar las Artes” representa más que actividades culturales. Es un refugio, un espacio donde pueden ser niños, donde pueden imaginar, crear, pensar libremente.

“Sobre todo que tenga herramientas para vivir de una manera diferente, habitar de una manera diferente a través de potenciarle la creatividad, de potenciarle la imaginación, cosas que se olvidan pues con todo lo que hablábamos”, señalan.


VIDEO: en15dias.com

TERCERA PARTE: EL PODER AL ACECHO

Durante tres años, “Habitar las Artes” había estado solicitando formalmente el comodato del inmueble ante Patrimonio del Estado. El proceso ha sido agotador y humillante.

Les obligaron a abandonar su figura comunitaria y constituirse como asociación civil, a pesar de que la legislación federal reconoce a las organizaciones comunitarias.

“No queríamos convertirnos en una asociación civil, queríamos seguir como figura comunitaria. En fin, todo un proceso muy largo que finalmente tuvimos que convertirnos en asociación civil. Todos los trámites que te van arrancando, es lo que te digo. Te van arrancando lo que eres”, lamentan.

El proceso les ha costado meses y un dinero que no tenían. “No tenemos dinero para protocolizarnos y bueno, todo un proceso que finalmente logramos”, recuerdan.

Pero incluso cumpliendo todos los requisitos burocráticos, el comodato no llegaba. Peor aún: enfrentaron un círculo vicioso kafkiano. “Conseguimos quién esté interesado en financiar y se nos hizo un cuello de botella, porque las personas que nos querían financiar nos decían: ‘Si te financiamos Habitar las Artes, si te financiamos a la comunidad, pero necesitamos que nos asegures que sí va a ser un centro cultural’”.

Entonces acudían a Patrimonio del Estado con el financiador en mano. “Y ellos dicen: ‘No, primero ellos que digan formalmente que sí lo van a hacer y entonces damos comodato’. Y así nos atoramos, un cuello de botella que son este papeleo, una burocracia tremenda”, explican.

“Ahí empezamos entonces la lucha por recuperar este espacio legalmente. Ya estábamos aquí, ¿no? Estamos en posesión de este espacio desde el momento en que entramos”, relata De La Torre.

La decisión de ocupar el edificio no fue tomada a la ligera. Sabían que enfrentarían resistencias, que tendrían que lidiar con la burocracia, que probablemente se les acusaría de invasores o de estar violando la ley.

Así que actuaron. Limpiaron el espacio, retiraron la basura acumulada, comenzaron a hacer reparaciones mínimas con sus propios recursos. Y, en un gesto de transparencia radical, colgaron una manta visible desde la calle: “Pusimos una manta de que estábamos en posesión del espacio con el fin de hacer un espacio cultural”, recuerda.

Desde el primer día comenzó también su batalla por formalizar esa ocupación. “Empezamos a hacer todo el trámite formal para recuperarlo. Y pues tuvimos que hacer muchos cambios”, cuenta.

Lo que siguió fue “un proceso agotador de negociación con las instituciones estatales”, señala De La Torre. El colectivo, constituido originalmente como una organización comunitaria informal, tuvo que enfrentar un sistema burocrático diseñado para entidades muy diferentes.

Cada paso implicaba gastos: el acta constitutiva, el notario, los permisos, las inscripciones en registros públicos.

Cumplidos todos los requisitos legales, quedaba otro problema gigantesco: el financiamiento. La antigua escuela no solo estaba abandonada, estaba en ruinas. Las necesidades de restauración eran enormes.

Un dato que aporta la arquitecta Cortés Hernández es que una intervención para restaurar este inmueble oscilaría entre los 19 millones de pesos de inversión.

“Por otro lado no hay recursos, ¿cómo financiar un proyecto tan grande porque ahorita van a conocer, yo creo, el espacio. Se necesitan millones, ¿no? Para ello”, reconoce De La Torre.

La escritora narra que “conseguimos quién esté interesado en financiar”. Sin embargo, ahí apareció un nuevo obstáculo: el círculo vicioso burocrático.

“Se nos hizo un cuello de botella, porque las personas que nos querían financiar nos decían: ‘Si te financiamos Habitar las Artes, si te financiamos a la comunidad’, le dijeron, pero ‘necesitamos que nos asegures que sí va a ser un centro cultural’”, explica.

Necesitaban seguridad jurídica, necesitaban un contrato, necesitaban el comodato.

El colectivo acudió entonces a Patrimonio del Estado con esa carta bajo la manga. “Entonces, en patrimonio del Estado le decimos: ‘Tenemos un financiador, denos el comodato’”, relata.

La respuesta fue desalentadora: «Y ellos dicen: ‘No, primero ellos que digan formalmente que sí lo van a hacer y entonces damos comodato'».

Era un callejón sin salida perfecto. Los financiadores exigían el comodato para comprometerse. Patrimonio del Estado exigía el compromiso formal de los financiadores para otorgar el comodato. Y mientras tanto, el tiempo pasaba, las filtraciones de agua seguían deteriorando el edificio, y el proyecto se mantenía en un limbo de incertidumbre.

“Y así nos atoramos un cuello de botella que son este papeleo, una burocracia tremenda”, concluye resignada.

Mientras esperaban la resolución del comodato, el edificio seguía deteriorándose. Los muros antiguos, expuestos a las lluvias, comenzaban a dañarse seriamente. El colectivo, que ocupaba el espacio diariamente, veía con preocupación cómo el paso del tiempo amenazaba la integridad estructural del inmueble.

Hicieron lo lógico: solicitar permiso para realizar trabajos mínimos de protección.

“Nosotros metimos cartas en donde les pedíamos autorización para por lo menos asegurar los muros, ponerles bolsas, fíjate, bolsas de plástico encima para que no se siga filtrando el agua cuando es temporada de lluvias”, cuentan.

Sin emabrgo, “no nos permitieron, incluso nos amenazaron que si un clavo hacíamos en la parte antigua, pues era motivo de que nos echaran o de algo más, ¿no?”, relata.

La amenaza era clara: cualquier intervención, por mínima que fuera, podría ser utilizada como pretexto para desalojarlos.

Todo cambió con el anuncio de la construcción del teleférico en la zona. “Llegó este momento aciago, puedo decir yo, que es que con la construcción del teleférico que van a hacer, parece que hay algunos planes que quieren hacer en Santa María y eso motivó que unas personas tuvieran interés en tomar este espacio”, relata.

De pronto, un inmueble que durante años había permanecido abandonado sin que a nadie le importara, se volvió objeto de deseo.

“Nunca lo habían tomado en cuenta, pero como vieron que nosotros ya teníamos todo un proyecto muy grande, pues un día llegaron, rompieron nuestras cerraduras, nuestros candados, se metieron y entonces los vecinos nos hablaron”, recuerda.

La llamada de los vecinos los alertó: “‘Compañeros… les abrieron las puertas y andan haciendo no sé qué’. Venimos, nos encontramos con que andaban tomando mediciones para hacer un proyecto”.

De La Torre narra que “entonces dijimos: ‘¿Cómo que un proyecto? ¿Quién o qué?’”. Descubrieron que era Patrimonio del Estado quien enviaba a estas personas, pero se negaron a dar más información.

Las intrusiones se repitieron. “Han venido tres veces, rompen los candados cuando quieran, toman mediciones y ya están haciendo un proyecto”, denuncia.

En una de esas ocasiones llegó el propio Ricardo Bernal Vargas, Director de Patrimonio Estatal, dependiente de la Secretaría de Finanzas y Administración del Gobierno de Michoacán, acompañado de una mujer que se negó sistemáticamente a identificarse ante los integrantes del colectivo.

“Vino en una ocasión el mismo director de patrimonio del estado y vino con una mujer, con una señorita o señora, no sé. Y estaban tomando fotos y no me quiso ella dirigir la palabra, no supe quién era en ese momento. Y yo le preguntaba que cuál era su nombre, pero no me contestó desafortunadamente”, relata.

en15dias.com pudo confirmar tanto con Rafael como con Verónica Bernal Vargas, directora del Festival Internacional de Música, su visita al predio.

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Fue entonces cuando el Director de Patrimonio Estatal les informó de los planes. “Me dijo que van a hacer un proyecto de esa parte para allá, es decir, la parte antigua y que a nosotros nos quieren dejar este pedacito. Este cuartito que estás viendo”, recuerda De La Torre.

 “Nosotros dijimos, no pueden hacer eso. O sea, nosotros hemos solicitado el comodato durante años, no hemos podido lograrlo y entonces, ¿cómo es que de pronto se lo quieren otorgar a otra persona?”, cuestiona.

El temor es que, de concretarse el despojo, el espacio pierda su carácter comunitario. “Seguramente va a terminar siendo un espacio elitista más para gente que sí tiene posibilidades de ir a otros espacios. Queremos que este sea un espacio para la comunidad, queremos que se respete”, afirman con contundencia.

Ante la negativa sistemática del gobierno estatal, el colectivo decidió escalar el caso al nivel federal. Aprovechando una visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Michoacán, le entregaron una carta explicando su situación.

“Viendo eso y aprovechando que venía la presidenta, le escribimos una carta. El consejo decidió pues que era momento de todos los recursos. Y fuimos y tuvimos la suerte de que sí nos recibieron la carta”, relatan.

La respuesta fue favorable. “Afortunadamente y con sensibilidad hacia el proyecto comunitario nos escribió la presidenta, nos escribió, bueno, la secretaría de gobernación. Y le mandaron una carta al director de patrimonio cultural diciéndole que nos favoreciera con el comodato”, cuentan.

Sin embargo, la instrucción federal parece haber sido ignorada por completo por las autoridades estatales. “Nosotros no entendemos si hay toda esa historia de lucha, de trabajo, cómo vienen y te dicen: ‘Vamos a hacer un proyecto porque ustedes no han hecho nada’”, cuestiona con incredulidad.

La relevancia social del proyecto quedó documentada cuando el colectivo fue convocado a participar en las mesas de trabajo para elaborar el Plan Michoacán por la Paz y la Justicia.

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“Hubo una convocatoria a nivel de Federación para que asistiéramos todos los artistas y todos los que nos dedicamos a la cultura a platicar sobre las condiciones y todo lo que se estaba viviendo. Nosotros ahí participamos y hablamos de Habitar las Artes y de la antigua escuela ‘20 de noviembre’”, relata.

En esas mesas de trabajo expusieron la situación que atienden. “Vienen niños que han sido desplazados con toda su familia de esa violencia que hay en las comunidades, por el crimen organizado. Y de niños y jóvenes que viven esa violencia estructural que es el empobrecimiento y que sus madres tienen que trabajar dos o tres jornadas diarias para poder sostenerlos”, explica.

El trabajo derivó en una relatoría que se llevó a México y que sirvió de base para elaborar el Plan Michoacán por la Paz. Hace algunos días, la directora de Cultura federal, Claudia Curiel de Icaza, vino a presentar formalmente el plan.

El colectivo aprovechó la oportunidad. “Aprovechamos la oportunidad de hablar con ella y plantearle, le llevamos una carta para decirle que no se está cumpliendo y no se ha cumplido la sugerencia o mandato, no sé cómo se llama, de secretaría de gobernación que le mandaron a patrimonio del Estado”, explican.

En la carta hicieron una denuncia formal. “Denunciamos que se quiere hacer ese despojo, digamos, del proyecto, del espacio con toda la alevosía consideramos. Y que no es ético”, señalan.

Hasta el momento de esta entrevista, no habían recibido respuesta. “Quedaron de darnos una respuesta, aún no recibimos respuesta de la Secretaría de Cultura Federal, pero estamos esperando esa respuesta”, indican.

“Es indignante que a través del poder puedan venir y quieran echarnos como si no hubiésemos hecho nada durante 6 años. Durante 6 años donde los maestros han venido cada día a dar su tiempo, sus saberes, donde los niños han creado artesanías, donde tenemos talleres también de trabajos artesanales y que hemos presentado las ferias artesanales en la plaza. Es decir, un trabajo muy grande y a nivel nacional”, enumeran.

Su demanda es clara: “Queremos que haya dignidad, que tengan dignidad las personas y que no pisoteen el trabajo que se ha hecho y que han hecho los niños, los padres de familia. Cada cosa que ves tú aquí, cada libro, cada lápiz, cada mesa, los muros, todo lo han hecho los padres de familia junto con los maestros y los niños”.

Y su advertencia es contundente: “Todo eso que tiene un valor trascendental para la vida, para el territorio, para la memoria, quiere ser destruido. Somos un espacio autónomo, es un espacio independiente y queremos luchar por ello. No queremos permitirlo y no lo vamos a permitir”.

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