Cuando hablamos de extractivismo, no hablamos solo de minas a cielo abierto o pozos petroleros. Hablamos de una forma de organizar la vida, el territorio y el poder que viene desde la colonia y que, lejos de desaparecer, se reinventa con cada crisis. Extractivismo y neoextractivismo: la herida abierta de América Latina

Extractivismo y neoextractivismo: la herida abierta de América Latina
Por: en15dias.com
Por siglos, América Latina ha sido vista como una despensa de recursos para el mundo. Oro, plata, cobre, litio, soja, petróleo: la lista es larga y el patrón, el mismo. Se extrae, se exporta, se deja poco. Este esquema tiene nombre y apellido: extractivismo. Pero para entenderlo a fondo, hay que ir más allá de las definiciones técnicas.
El investigador uruguayo Eduardo Gudynas lo explica con claridad: se trata de actividades que extraen grandes cantidades de recursos naturales, que apenas se transforman localmente y que están destinadas casi por completo a la exportación. No es solo lo que se saca de la tierra, sino para quién se saca y bajo qué lógica. Una lógica impuesta desde afuera, dictada por los mercados globales y sostenida por estructuras de poder profundamente desiguales.
Más que un problema técnico: una cuestión política
Desde la ecología política, el extractivismo no es un detalle económico ni un tema exclusivamente ambiental. Es un problema civilizatorio. Maristella Svampa, una de las voces más lúcidas en este debate, lo define como un patrón de acumulación basado en la sobreexplotación de bienes naturales —muchos de ellos no renovables— y en la expansión constante de las fronteras de explotación hacia territorios que antes se consideraban improductivos.
Esta expansión no es neutral. Implica reorganizar el territorio, desplazar comunidades, alterar ecosistemas y subordinar culturas enteras a la lógica de la renta. Los impactos ambientales y sociales no son efectos colaterales ni accidentes evitables: son parte constitutiva del modelo. Contaminación de ríos, degradación de suelos, pérdida de biodiversidad, conflictos sociales, criminalización de defensores ambientales. Todo esto acompaña sistemáticamente a los proyectos extractivos.
Alberto Acosta, economista ecuatoriano y uno de los principales críticos del modelo, es contundente: el extractivismo no es un camino hacia el desarrollo, sino una trampa que profundiza la dependencia económica, agudiza la desigualdad social y acelera la destrucción ambiental.
El giro progresista: nace el neoextractivismo
A comienzos del siglo XXI, con la llegada de gobiernos progresistas a varios países de la región, surgió un fenómeno paradójico. El extractivismo no desapareció, pero cambió de rostro. Nació lo que Gudynas llama neoextractivismo: un modelo que mantiene la inserción internacional subordinada basada en la exportación de materias primas, pero ahora con un Estado más activo en la captura y redistribución de la renta generada.
En la práctica, esto significó algo complejo y contradictorio. Por un lado, se financiaron programas sociales ambiciosos, se redujeron índices de pobreza y se promovió un discurso de soberanía nacional. Por otro, se profundizó la dependencia de los precios internacionales de los commodities y se expandieron las fronteras extractivas hacia territorios indígenas, campesinos y de alta biodiversidad.
Svampa describe esta tensión con precisión: el neoextractivismo combina una retórica nacional-popular muy fuerte con la consolidación de un modelo de desarrollo altamente vulnerable a las fluctuaciones del mercado global. La paradoja es dolorosa: se construye justicia social, muchas veces, sobre la base de la injustice ambiental. Se sacan de la pobreza a sectores urbanos mientras se deterioran los territorios donde viven las poblaciones más vulnerables.
¿Qué cambia y qué permanece?
La diferencia clave entre extractivismo y neoextractivismo no está en los impactos ecológicos —que siguen siendo severos en ambos casos— sino en el relato que los legitima. Mientras el extractivismo clásico, asociado al neoliberalismo de los años 90, se presentaba como inevitable ante las exigencias del mercado, el neoextractivismo se justifica como necesario para combatir la pobreza y redistribuir la riqueza.
Pero ambos modelos comparten un límite estructural que no logran superar: no cuestionan la lógica del crecimiento económico ilimitado en un planeta con recursos finitos. No se preguntan si es posible —o deseable— seguir creciendo de esta manera. No imaginan alternativas que no pasen por sacrificar territorios y comunidades en el altar del desarrollo.
Las preguntas
Desde una perspectiva de educación ambiental crítica, este debate plantea interrogantes fundamentales. ¿Quién decide sobre los territorios? ¿Quién se beneficia realmente del uso de la naturaleza? ¿Quién paga los costos ambientales, sociales y culturales? ¿Es posible un extractivismo «responsable» o «sustentable»?
Gudynas es categórico al respecto: no hay extractivismo responsable posible cuando se superan los umbrales ecológicos y se vulneran derechos colectivos. La discusión, entonces, no puede quedarse en lo técnico ni en lo coyuntural. Es profundamente política y ética.
Implica cuestionar qué entendemos por desarrollo, qué vida queremos construir y qué planeta dejaremos a las próximas generaciones. Implica reconocer que el extractivismo no es solo un modelo económico, sino una manera de habitar el mundo que pone a la naturaleza y a ciertos pueblos al servicio de otros.
Repensar el futuro
América Latina sigue en la encrucijada. Entre el discurso del progreso y la realidad de los territorios sacrificados. Entre las promesas de bienestar y la crisis climática. Entre la urgencia de superar la pobreza y la necesidad de preservar la vida en todas sus formas.
El debate sobre extractivismo y neoextractivismo no es académico ni lejano. Está en cada megaproyecto minero, en cada avance de la frontera agrícola, en cada comunidad que resiste. Y nos interpela a todos: ¿qué modelo de sociedad queremos construir? ¿Es posible imaginar otros caminos?
La educación ambiental crítica nos recuerda que estas preguntas no se responden solo con datos técnicos o cálculos económicos. Se responden con valores, con imaginación política y con la capacidad de escuchar a quienes defienden sus territorios. Porque en el fondo, lo que está en juego no es solo el ambiente: es nuestra manera de estar en el mundo.
Fuentes consultadas:
- Gudynas, Eduardo (2009). Diez tesis urgentes sobre el nuevo extractivismo. CLAES.
- Gudynas, Eduardo (2011). Extractivismos, ecología y política. Centro Andino de Acción Popular.
- Gudynas, Eduardo (2015). Extractivismos: ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la naturaleza. CEDIB/CLAES.
- Svampa, Maristella (2013). «Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina». Nueva Sociedad.
- Svampa, Maristella (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. CALAS / Bielefeld University Press.
- Acosta, Alberto (2012). «Extractivismo y neoextractivismo: dos caras de la misma maldición». En: Más Allá del Desarrollo.






