Hasta 12 millones de pesos de presupuesto público se destinarán a la técnica conocida como sembrado de nubes en Michoacán.
El método no ha demostrado de manera contundente su efectividad, por lo que podría tratarse de un gasto irresponsable por parte de las autoridades estatales e incluso, una estafa, en términos científicos.
*Ejercicio periodístico colectivo realizado en el marco de la clase de Periodismo Ambiental de la licenciatura en Ciencias Ambientales; Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad Morelia; Universidad Nacional Autónoma de México. Autores(as): Alpha Davila Valladares, Genaro Flores, Anna G. Jiménez; Iván Morales; Ixchebel Campos; Nadia Ríos Martínez; Yaneth Tinoco Pérez; Naomi Zavala, Ana Claudia Nepote y Adrián Orozco.
Lluvia ¿es posible sembrarla?
En abril pasado, autoridades estatales, encabezadas por el gobernador, Alfredo Ramírez, anunciaron en conferencia de prensa que iniciaría en la entidad un programa de sembrado de nubes, ello para atender las condiciones de estrés hídrico en las que se encuentra hasta el 90% del territorio estatal.
En dicha conferencia de prensa, el secretario de Medio Ambiente, Alejandro Méndez, señaló que se cubriría una superficie cercana a los seis millones de hectáreas con este proceso, a fin de enfrentar los temas de sequía y garantizar la producción en el campo.
También indicaron que el procedimiento de sembrado de nubes ya se encontraba aprobado por la Comisión Nacional de Zonas Áridas (CONAZA) y se tenía también contratada a la empresa certificada que brindará el servicio. En declaraciones posteriores se indicó que el procedimiento tendría un costo de alrededor de 12 millones de pesos y que se iniciarían los vuelos en la segunda semana de mayo.
Sin embargo, llegadas las fechas previstas, el secretario de gobierno, Elías Ibarra, declaró ante medios de comunicación que especialistas de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) y de medio ambiente, recomendaron retrasar el procedimiento ya que aún no se presentaban las condiciones atmosféricas para asegurar su efectividad.
Otros funcionarios del gabinete estatal, como el director de la Comisión Estatal del Agua y Gestión de Cuencas (CEAC), Roberto Arias, han realizado declaraciones a medios de comunicación en las que se aprecian inconsistencias respecto al manejo de cifras sobre la superficie a cubrir, las fechas de inicio del bombardeo de nubes y, sobre todo, la previsión respecto a la efectividad de este procedimiento.
El desfile de cifras ofrecidas por autoridades estatales oscila entre dos y seis millones de hectáreas como la superficie a cubrir y estiman lograr entre el 15 y el 60 por ciento de incremento en las precipitaciones inducidas por el sembrado de nubes, no obstante, han omitido explicar cuáles son los principios y fundamentos de este procedimiento, así como la evidencia disponible respecto a su efectividad.
La técnica conocida como sembrado de nubes o sembrado de lluvia persigue la manipulación del clima con el fin de inducir precipitaciones, utilizando para ello la dispersión de sustancias en el aire, generalmente yoduro de plata o dióxido de carbono congelado, que son diseminados a través de diferentes mecanismos, como bengalas, cañones que desde tierra disparan las sustancias o recurriendo a vehículos aéreos no tripulados o aviones que esparcen los químicos directamente sobre las nubes.
Sin embargo, no es posible crear lluvia a partir de la nada, de manera que primero es necesario que exista determinada presencia de nubes en la atmósfera para que el mecanismo sea efectivo y estas nubes deben poseer características concretas, como la temperatura, en un rango de -10º y -20º, por lo que se espera localizarlas en una altura determinada y que posean un rango de humedad específico; de no cumplirse estas condiciones, diseminar los químicos en la atmósfera no provocará efecto alguno.
Diferentes estudios señalan que la efectividad del método se encuentra entre el 10% y el 20%, es decir, las nubes que hayan sido bombardeadas, probablemente, habrían generado lluvia de manera espontánea, porque ya se encontraban cargadas con la humedad y temperatura adecuadas.
Con este rango de efectividad, no es posible determinar que el sembrado de nubes tenga un efecto medible y comprobable, además, en caso de resultar efectivo, solo llovería a partir de las nubes que hayan sido bombardeadas y por lo tanto no será una lluvia homogénea, natural y distribuida.
La aplicación de este método data de la década de 1940 y desde entonces se ha aplicado en alrededor de 50 países, entre ellos México; no obstante, especialistas ponen en duda la efectividad del método pues los resultados no son concluyentes, así lo indicaron en declaraciones periodísticas Fernando García y Guillermo Montero del grupo de Física de Nubes del Instituto de Ciencia de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM.
Por su parte, en otro reporte de prensa, Guillermo Murray, investigador del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM es todavía más contundente, al señalar que el sembrado de nubes no cuenta con ninguna clase de comprobación científica e incluso, Octavio Muñoz, de la Comisión Nacional del Agua, contradice a las autoridades estatales al señalar que aún no se ha comprobado la efectividad de este mecanismo y complementa señalando que más que hablar de un sembrado, se trata de una estimulación de lluvia, a nubes que ya se encuentran en condiciones de precipitación, por lo que cabe preguntarse, si dichas nubosidades ya estaban listas para generar lluvia, ¿ofrece algún beneficio llevar a cabo un proceso tan costoso y técnicamente complejo?
Es pertinente también preguntarse si la dispersión de químicos en la atmósfera tiene el potencial de generar toxicidad o alguna afectación a los suelos, el agua, la vegetación, los animales y los seres humanos, pues resulta esperable que dichos químicos sean transportados por el viento o la lluvia y se depositen en concentraciones que podrían suponer algún riesgo.
En este sentido, diversos estudios coinciden en que no se ha localizado un riesgo potencial con las concentraciones de químicos que se emplean en la técnica del sembrado de nubes, dado que se dispersan en micropartículas y sobre espacios muy extensos, sin embargo, no se localizaron investigaciones que se enfoquen en evaluar las interacciones de los químicos empleados en esta técnica con otros factores presentes en la atmósfera, como contaminantes, diferentes condiciones de altura, temperatura, humedad, velocidad y dirección del viento, presencia de humo, metales pesados, compuestos volátiles u otras partículas, entre otros muchos elementos que son imposibles de predecir tanto en su ocurrencia como en su potencial interacción con la técnica del sembrado de nubes.
Destaca también que el gobierno de la entidad no ha brindado claridad suficiente sobre las dependencias, instancias y/o especialistas que se encuentran a cargo del procedimiento, así como el mecanismo de licitación o en su caso, de asignación directa empleado para contratar al proveedor correspondiente, el análisis de costos contra otros oferentes del servicio y el mecanismo que subyace a las relaciones con entidades federales como la CONAGUA o la CONAZA, dado que se les invoca como dependencias que aparentemente otorgan una clase de visto bueno o autorización para que una entidad federativa lleve a cabo sembrado de nubes.
Por otro lado, al iniciar el procedimiento en coincidencia con el arranque de la temporada de lluvias en México, es pertinente preguntarnos si dicha coincidencia no es problemática a la hora de determinar con precisión si el sembrado de nubes fue o no efectivo y en dado caso, ¿qué mediciones se emplearán para probarlo?
A finales del mes de mayo, el gobierno del estado anunció que será en junio que arranque el sembrado de nubes para alentar las lluvias y se indica en dichas declaraciones que la superficie a cubrir será de unos dos millones de hectáreas; además, de forma casi propagandística, se difundió desde las cuentas oficiales del gobierno en redes sociales, un video de la aeronave que se empleará para realizar el procedimiento.
Sin embargo, con este bajo nivel de fiabilidad y escasas probabilidades de brindar evidencia, destinar 12 millones de pesos a la aplicación de esta técnica, debería pasar al menos por el análisis de un comité de especialistas que validen la pertinencia y utilidad del procedimiento y no limitarse a decisiones unilaterales de un funcionario estatal o del titular del ejecutivo; tampoco se ha aclarado si esa cantidad corresponde a un número determinado de sobrevuelos, cobertura por superficie o volumen de químicos dispersados y si habrá recurrencia, es decir, si se contratará una segunda o una tercera ronda de sobrevuelos al proveedor y en dado caso, ¿cuánto costaría?
Finalmente, dejando de lado el debate sobre la fiabilidad de la técnica, debemos señalar también que se trata de una estrategia de emergencia, a la que se recurre cuando ya se encuentra la región en una evidente y profunda crisis hídrica y no ofrece ningún mecanismo de mediano o largo plazo.
Aunque hay medidas que resultaba necesario aplicar desde hace años, como la vigilancia y cuidado de los cuerpos de agua para prevenir la extracción depredadora y que la actual administración ha implementado en fechas recientes, en realidad no contribuyen a revertir en modo alguno las problemáticas asociadas a la sequía, la desecación y pérdida de los cuerpos de agua.
Así, una inversión como la señalada en un procedimiento de dudosa efectividad, que incluso podría calificarse como una estafa, merece una revisión detallada por parte de especialistas y el legítimo cuestionamiento a las autoridades para exigir un programa integral y política pública eficaz para combatir los efectos de la sequía y la degradación, desecación y pérdida de cuerpos de agua, que comprenda acciones cuyos efectos comprendan distintas escalas temporales y sobre todo, que puedan ser medidos y evaluados de forma inequívoca.
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