Gobernabilidad y medio ambiente
/ Por: Julio Santoyo Guerrero**
En el mundo real de la gobernabilidad existe una tradición no escrita, pero eso sí muy practicada por quienes llegan a ejercer el poder, consistente en valorar los problemas de gobierno sólo como actos presentes que deben ser “toreados” para descongestionar las vías de la estabilidad.
A esa práctica suele llamársele “administración del conflicto” y su pretensión no es resolver para el horizonte futuro, cuidando efectos adversos, sino resolver para coyunturas temporales que pueden cubrir si acaso medio año, aunque casi siempre solo remedían tensiones por unos cuantos días.
La debilidad de la gobernabilidad que se percibe en la vida pública del país no es más que producto de una acumulación sucesiva de medidas superficiales que han omitido el fondo, el origen de los problemas.
Los grandes problemas nacionales, como es evidente, están situados en planos temporales ilimitados, en contextos estructurales complejos y anclados a dolencias sociales profundas. Sin embargo, el paradigma sexenal, que supone un plano temporal recortado, una simplificación del origen estructural y una percepción inmediatista de lo social se ha impuesto como la estrategia de intervención.
La definición y ejecución de políticas públicas, que muy pocas ocasiones se corresponden con la experiencia científica y técnica alcanzadas en el país, suelen ajustarse de manera privilegiada al interés de la próxima elección y a los propósitos propagandísticos de quienes gobiernan.
No interesa tanto la solución estructural del conflicto, la necesidad social que carcome, las alternativas para zanjar los abismos que la evolución humana propicia, lo que importa es el presentismo para apuntalar el poder electoral de quien gobierna el trienio y el sexenio.
La discontinuidad de las acertadas políticas públicas —cuando las hay— representan para México pérdidas absurdas en recursos y en indicadores positivos de futuro. Son chatarra de lujo con la cual se construye la ingobernabilidad. Una revisión de cuestiones como la seguridad pública, la salud, la educación, la cultura o el medio ambiente nos proporciona elementos sobrados.
Nos hemos condenado al eterno recomienzo. No hemos roto el ciclo ancestral, seguimos creyendo que es nuestro destino volver a comenzar cada sexenio, cada trienio. Albergamos mucho del pensamiento mágico que nos lleva a creer que por sí sola una marca de tiempo basta para que todo mejore.
Pero la realidad y la creencia chocan de manera frontal en cuestiones como el medio ambiente. La naturaleza en sus reacciones rebasa las marcas electorales del tiempo. Los descuidos o las omisiones preconcebidas en materia ambiental además tienen consecuencias acumulativas.
Si la política correspondiente no detiene, por ejemplo, el cambio de uso de suelo, la pérdida de bosques incrementa la temperatura y debilita la infiltración de aguas, y el acumulado extingue los ecosistemas en donde mora la especie humana. Es decir, de nada vale cualquier justificación de política sexenal omisa frente a la degradación de la vida planetaria. La pérdida es acumulativa y absoluta.
Administrar y “torear” los problemas de gobernabilidad ambiental con acciones a bote pronto, es como dar un mejoral para detener un contagio de Covid-19. Nuestra clase gobernante debe dejar de mirar el calendario electoral y detenerse a observar y actuar sobre el problema ambiental en su fondo.
La tendencia que la realidad está imponiendo es la de la gobernabilidad ambiental. Por ejemplo, el acceso universal al agua es uno de los más delicados y su solución toreada es mandar una pipa, pero el fondo no se aborda: la deforestación, la desaparición de bosques, la contaminación, el cambio de uso de suelo.
Estamos siendo testigos —y los gobernantes lo saben— de una tensión social creciente originada en las consecuencias de cómo la economía y la urbanización caótica se apropian de la vida natural.
Es un “progreso” ciego que nos está empujando a todos a la condición de parias ambientales. Los gobiernos están contra reloj —deben darse cuenta— para trazarse nuevos paradigmas y operar políticas ambientales que aseguren la gobernabilidad presente y futura. Y deben ser políticas necesariamente alejadas del reloj electoral y sexenal, pero ajustadas a los requerimientos de una política de Estado soportada en la participación y el consenso social.
**¿QUIÉN ES?
Julio Santoyo Guerrero
Es consejero del Consejo Estatal de Ecología de Michoacán e Integrante del Consejo Promotor de Área Natural Protegida en Madero, sur de Morelia y Acuitzio del Canje.
Las ideas vertidas en la sección de Opinión son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. La política editorial de en15dias.com promueve su difusión como contribución a la discusión acerca de los conflictos sociambientales, salud, derechos humanos y política ambiental.
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