Caminar hacia la paz

En un país atravesado por la violencia y la impunidad, caminar hacia la paz dejó de ser una consigna abstracta para convertirse en una urgencia vital. Julio Santoyo Guerrero reflexiona sobre la familia, la sociedad y el Estado como los tres territorios donde hoy se disputa la posibilidad de reconstruir la humanidad frente al caos.


Caminar hacia la paz

Julio Santoyo Guerrero*

El deseo más caro del mexicano contemporáneo es sentir bajo sus pies y tener frente a sus ojos hechos, aunque pequeños, que cuales granos de arena, edifiquen la cordialidad humana de sí y de los demás para poder vivir.

A la mayoría de los mexicanos nos interesa contribuir con esos granitos de arena desde la familia, sobre todo. Otros contribuyen como miembros activos en los grupos sociales en los que, por razones económicas, culturales, religiosas, habitacionales, políticas, gremiales o altruistas, encaminan su humanismo, su estar con los demás y para los demás.

Para que haya paz es necesario que se crea en ella con urgencia vital. La paz surge como respuesta histórica a la violencia del caos. Es la renuncia a la violencia contra los otros para esclavizar, dominar y explotar, con el propósito de permitir el entendimiento compasivo.

 La paz ordena y da certidumbre, la violencia del caos destruye, desintegra, desestabiliza y pudre a las sociedades. Por la paz, que es la compasión hacia el otro, el homo sapiens ascendió a la categoría de humanidad. Los valores de la paz representan el bien que anhelamos, los valores del caos en cambio propician la barbarie.

La misión de hacer valer las normas esenciales para la sobrevivencia social no depende solo de la actuación de los civiles, aunque esta sea de gran importancia, sino del Estado y sus instituciones. Sin una sociedad civil fuerte no puede operar un Estado fuerte, en el sentido de aplicar el derecho y garantizar la operación de las actividades que son vitales para toda sociedad.

Para que el camino hacia la paz tenga tránsito ágil y sea satisfactorio para todos no solo requiere la dedicación de los padres que velan por el mejor presente y futuro de sus hijos sino de las instituciones del Estado para que mantengan ese camino libre de abrojos, de trampas, de emboscadas y de bandoleros.

Hace décadas que el camino hacia la paz, ese que cada familia desea transitar para lograr sus aspiraciones legítimas, ha sido tomado por asesinos, ladrones, corruptos y cínicos, ocasionando dolor, despojo, asesinato, sadismo, desaparición y pobreza. El camino ha quedado inundado de sangre, de muertos, de desaparecidos y de ruinas, mientras que el Estado y sus instituciones actúan con tibieza.

Los alcances de la tragedia mexicana a manos de la criminalidad y de un Estado disfuncional no conoce palabras para describirlo. Los cientos de miles de muertos, de desaparecidos, de millones de personas tocadas por el dolor y condenadas a la impotencia de la injusticia, al miedo y a la ruptura emocional de los hogares, jamás cabrá en el simplismo de las estadísticas. La frialdad de un número nunca logrará representar el cuerpo mutilado, desollado, torturado de los hijos de una república que no quiso o no pudo ser para ellos.

Siempre me he preguntado cómo se mide la tragedia, ¿por litros de sangre derramada, por decibeles de dolor, por pinchazos de recuerdos, por oscuridades de tristeza, por bilis de coraje, por resequedad de impotencia, por temblores de miedo, por horas de insomnio, por vidas arruinadas, por cuántas lágrimas?

No se usted amigo lector, pero, en mi entorno es cada vez más frecuente mirar mes a mes, cual crónica ordinaria, el desagarro de familiares, amigos o conocidos, que deben comerse todo su dolor ante la tragedia que ya los alcanzó y que creyeron que jamás les tocaría porque son personas de bien.

 A las familias, creyentes en el camino de la paz, creyentes del respeto a la vida, en el trabajo honrado, en la educación en valores positivos, nos han rebasado las bandas criminales que dueñas de los territorios difunden e imponen a punta de pistola su cultura del terror, del crimen, del miedo, de la extorsión y el despojo.

Las pandillas del mal hasta ahora parecen triunfantes. Su veneno ha debilitado el cuerpo social y ha logrado que el sufrimiento sea asumido como hecho natural y que la extorsión sea aceptada como el precio para que la vida continue. Es penoso que algunos repliquen y elogien la cultura de la prepotencia y de la muerte pues al hacerlo les dan simbólicamente la victoria a sus verdugos.  

A pesar de la adversidad y tal vez por ella es que los mexicanos tenemos que fortalecer los pasos hacia la paz. El espacio más importante que cada uno tenemos es el de nuestra la familia. Ninguna estrategia para alcanzar la paz será exitosa si deja fuera esta formidable dimensión. Si tenemos hogares fuertes los valores de la destrucción y la muerte se estrellarán en sus puertas.

El segundo espacio es el de la sociedad en sus vastas expresiones. Si hay hogares fuertes tendremos sociedad fuerte. Pero debemos insistir en una sociedad no corporativizada, anexada al Estado o a partidos sino en una sociedad libre con espacios independientes para la participación.

La tercera instancia la constituye el ámbito gubernamental. Mientras en las oficinas de gobierno haga nido la serpiente del crimen en todas los demás espacios seremos derrotados una y otra vez. La depuración de los gobiernos es una tarea imprescindible que no admite demora. Si al Estado le hemos entregado, como parte de nuestro contrato social, el uso privilegiado de la fuerza para el bien común, y si en el Estado ha hecho nido la serpiente, entonces toda esa fuerza la tiene el crimen para someter a las familias y a la sociedad.

Caminar para la paz es revisar y evaluar de manera permanente estas dimensiones. La de la familia es la más inmediata, la que está al alcance de todos nosotros, y en ella podemos hacer todo y no fallar; la segunda es más indirecta, pero aun así está a nuestro alcance porque todas las instancias en las que participamos tienen como motivación el bien según su propósito general, entonces promovamos que ese bien fluya y se pueda lograr.

La tercera, la gubernamental, la que supone el ejercicio del poder que delegamos en personas, puede parecer la más indirecta, pero tiene una puerta que debemos emplear, mientras haya democracia esa transferencia de poder se hace a través del voto, luego entonces, calibremos bien cada voto y exijamos que todo nido de la serpiente sea arrasado, pero sobre todo no elijamos políticos pactados con criminales porque traerán de vuelta a sus despachos el nido de la serpiente y con ellos la tragedia para todos.


Caminar hacia la paz
¿Quién es?

*Julio Santoyo Guerrero

Es consejero del Consejo Estatal de Ecología de Michoacán e Integrante del Consejo Promotor de Área Natural Protegida en Madero, sur de Morelia y Acuitzio del Canje.


Las ideas vertidas en la sección de Opinión son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. La política editorial de en15dias.com promueve su difusión como contribución a la discusión acerca de los conflictos sociambientales y socioterritoriales, salud comunitaria, derechos humanos, política ambiental y periodismo.


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