El periodismo científico vive una crisis silenciosa: lejos de cuestionar el poder, suele reproducirlo. Entre comunicados oficiales, papers financiados y agendas corporativas, la ciencia se presenta como neutral mientras legitima modelos extractivos. Urge repensar la relación entre ciencia, prensa y territorio.

El periodismo científico: ciencia, prensa y poder
Uitzume, el perro del lago*
El periodismo científico atraviesa una crisis de legitimidad que rara vez se discute en público. Mientras las redacciones celebran cada nuevo paper publicado en revistas de alto impacto, pocas preguntas se hacen sobre las estructuras de poder que determinan qué se investiga, cómo se financia y, finalmente, qué merece ser noticia.
La relación promiscua entre periodistas científicos, oficinas de prensa gubernamentales y el establishment académico ha producido un modelo informativo que funciona más como correa de transmisión del poder que como dispositivo crítico de escrutinio.
Esta configuración no es accidental. Responde a lo que David Harvey identificaría como la producción capitalista del espacio científico: un territorio donde el conocimiento se mercantiliza, se territorializa según lógicas de acumulación y se convierte en instrumento de legitimación del orden existente.
Las oficinas de comunicación científica de gobiernos y universidades no son neutras: operan como filtradores, encuadran y distribuyen información según agendas políticas y económicas específicas.
El resultado es un periodismo científico domesticado. Los comunicados de prensa se replican sin cuestionamiento, las investigaciones que desafían intereses corporativos o estatales quedan invisibilizadas, y la ciencia se presenta como un dominio apolítico, técnico, neutral.
Esta neutralidad proclamada es, en realidad, profundamente ideológica: naturaliza ciertas formas de conocimiento mientras deslegitima otras, especialmente aquellas producidas desde los márgenes, desde territorios en disputa, desde comunidades que enfrentan el extractivismo o la devastación ambiental.
El modelo neoextractivista tiene su correlato en un “consenso científico-mediático” donde la ciencia oficial valida proyectos de desarrollo que requieren la apropiación intensiva de bienes comunes.
¿Cuántas veces hemos leído reportajes acríticos sobre “minería sustentable”, “agronegocio de precisión” o “transición energética verde” basados exclusivamente en estudios de impacto ambiental financiados por las propias corporaciones extractivas?
Este periodismo científico capturado opera mediante varios mecanismos. Primero, la dependencia material: las redacciones precarizadas carecen de tiempo y recursos para investigaciones propias, dependiendo de las fuentes institucionales que les proveen información empaquetada. Segundo, la colonización epistemológica: se acepta acríticamente la jerarquía del conocimiento que coloca a la ciencia occidental, publicada en inglés, revisada por pares del Norte global, como único saber legítimo. Tercero, la espectacularización: la ciencia se presenta como sucesión de descubrimientos sorprendentes, despojada de contexto político, conflictos de interés o implicaciones distributivas.
Pero existen grietas, resistencias, otras formas posibles de relacionar periodismo y ciencia. Emerge un periodismo científico crítico que, inspirado en la ecología política, se pregunta no solo qué dice la ciencia sino quién la produce, cómo se financia, a quién beneficia, qué voces quedan excluidas.
Este periodismo reconoce que los territorios no son laboratorios asépticos sino espacios de disputa donde convergen saberes múltiples: el conocimiento campesino sobre suelos y semillas, la epidemiología popular de comunidades fumigadas, los mapeos colectivos de asambleas ambientales.
Este enfoque implica descentrar las fuentes. Significa que una nota sobre agrotóxicos no puede construirse solo desde los papers que publican las facultades de agronomía financiadas por Monsanto-Bayer, sino que debe incorporar los registros de salud que llevan las escuelas rurales, los testimonios de médicos de pueblo, las mediciones alternativas que realizan científicos comprometidos junto a las comunidades. Implica hacer visible el conflicto, la incertidumbre, los intereses materiales que atraviesan la producción de conocimiento.
Hay que recordar que el capitalismo produce permanentemente nuevas fronteras de acumulación. Hoy esas fronteras incluyen el cercamiento del conocimiento científico mediante patentes, la privatización de la investigación universitaria, la financiarización de la innovación tecnológica.
Un periodismo científico verdaderamente crítico debe mapear estas geografías del poder cognitivo, revelando cómo la ciencia participa en la reproducción o la contestación del orden capitalista.
Las relaciones alternativas existen y resisten. Están en los medios comunitarios que documentan conflictos socioambientales con rigor científico pero desde la perspectiva de quienes defienden sus territorios.
En las plataformas de ciencia abierta que disputan el monopolio editorial de las grandes corporaciones académicas. En las redes de investigación militante donde científicos ponen sus herramientas al servicio de luchas populares. En los periodistas que entienden que cubrir ciencia es cubrir política, economía, territorio y poder.
La pregunta no es si el periodismo científico debe relacionarse con instituciones, sino cómo construir esas relaciones sin subordinación. Necesitamos un giro en el periodismo científico, uno que lo ancle en los territorios concretos, en las disputas reales, en las epistemologías plurales que emergen de la resistencia.
El desafío es enorme en un contexto de precarización mediática, captura corporativa de la academia y represión a voces disidentes. Pero la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la expansión de enfermedades ambientales hacen urgente un periodismo que no se limite a traducir comunicados oficiales sino que interrogue radicalmente las relaciones entre conocimiento, poder y territorio.
Un periodismo científico que, al final, se atreva a ser verdaderamente científico: crítico, riguroso, comprometido con la verdad más allá de los intereses constituidos.
*Uitzume, el perro de lago es la editorial de en15dias.com.
Está escrito a tres manos por las editoras y editores. Este espacio analiza, desde una visión crítica aguda, ácida y siempre profunda, las problemáticas socioambientales, de derechos humanos y de salud comunitaria en Michoacán.
Este espacio pone énfasis en lo que se pregunta, pero no se cuestiona; en lo que se observa, pero no se escribe, y en lo que se habla, pero no se escucha.
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