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OPINIÓN: Educación o caos

OPINIÓN: Javier López-Osorio apunta en su columna los conceptos para una vida digna y una re-evolución del pensamiento crítico y acción comprometida.

Educación o caos
/ Por: Javier López-Osorio**

Existen referencias, cada vez más contundentes, sobre el contexto actual de crisis de nuestra civilización, así como la intención de proponer contenidos para la construcción de una renovada política civilizatoria, es decir más humanizada, a través de la educación.

Entre los aspectos relacionados con los males que aquejan al actual modelo de civilización se encuentran aquellos que se suponían logros y ahora sabemos que no es así; problemas que creíamos periféricos y son centrales, o aquellos supuestamente privados que deben considerarse políticos, es decir públicos.

Estos problemas son los que hicieron surgir, por ejemplo, el revés de la individualización, de la tecnificación, del desarrollo y del bienestar.

La individualización tiene como revés la degradación de antiguas solidaridades y la atomización de las personas. Se observa que en muchos casos el Estado asume algunas funciones de intervención y regulación, pero de manera impersonal y tardía. Volviéndose así en lo que Octavio Paz llamó el «ogro filantrópico», que no logra su integral atención provocando incertidumbre dentro de la sociedad y llega a erosionar las capacidades colectivas de respuesta.

En tanto se hace una crítica de la tecnificación, donde se observan la invasión de sectores cada vez más amplios de la vida cotidiana con la lógica de la máquina que introduce con ella su organización mecánica, especializada, impersonal, sustituyendo la comunicación y el reclamo personal.

Ella tiende a hacer de la vida social una gigantesca automatización, que disminuye los valores no monetarizados, acrecentando la dependencia sobre el valor de cambio y la rutina sobre la creatividad.

Espejismo que ha permitido grandes barbaries de la humanidad, y que nos tiene al borde del colapso socioambiental global, al detonarse todos los desequilibrios provocados por siglos de explotación y sujeción antrópica de los procesos naturales de restauración, ante la creciente magnitud de los ciclos de extracción y finiquito de las bases naturales de soporte y resiliencia, que nos habla de la capacidad de los ecosistemas y comunidades a absorber las perturbaciones manteniendo sus características estructurales, dinámicas y funcionales.

En cuanto al desarrollo, el revés observable es confundirlo con una carrera por el crecimiento económico infinito, que se busca a costa de la depredación en nuestra la calidad de la vida, del “stock” de los recursos naturales y de la propia subsistencia humana, además del sacrificio de todo lo que no obedece a la competitividad, la desregulación y el individualismo como hegemonía neoliberal. Con el contubernio de los grandes aparatos burocráticos, cada vez más achicados, destinados a facilitar la expoliación y la ganancia sin límites éticos, ni morales.

En la búsqueda del bienestar, se ha procura realmente el malestar. La mayoría de las enfermedades tienen múltiples entradas, la somática y la psíquica, además de la entrada social y civilizatoria.

La desproporción del ingreso entre la población, las alteradas expectativas de vida, las desigualdades y las carencias son males cotidianos, aún más agravados al considerar su atención desde un enfoque tecnocrático, como un frankenstein de una revitalizada teoría económica neoclásica de la concentración y el consumo.

Donde se asegura la supremacía del mercado, capaz de regularse bajo el libre juego de las fuerzas de ofertas y demandas, en condiciones de competencia, con precios de equilibrio que garantizan una asignación óptima de los recursos, además, según siguiendo ésta teoría, asegurar el pleno empleo.

Esta definición llevaba a los neoclásicos a ocuparse solamente de la esfera de la circulación y no de la producción, ni de un Estado de bienestar. Al no considerarse un ápice de lo humano, fomentando aquellos procesos que han propiciado la degradación de nuestra civilización, entendida ella por su población, su territorio, sus instituciones y su cultura.

Ante este panorama desolador y contradictorio, vienen surgiendo respuestas múltiples y engarzadas a procesos educativos que buscan recrean nuevas resistencias a partir de la toma de conciencia compartida, creando microtejidos comunitarios bajo nuevas formas organizativas, bajo economías solidarias, consolidando formas sociales de propiedad de los medios de producción y de la tierra, bajo sus propios objetivos sociales del “buen vivir”.

Es así que nuevamente la práctica educativa se transforma en un componente consustancial para lograr cambios civilizatorios, potenciando aptitudes intelectuales vitales, construyendo las posibilidades de concebir nuevas sociedades heterogéneas bajo principios éticos.

Y una de las propuestas pedagógicas es sin duda la de Boaventura de Sousa Santos, quien viene sosteniendo la necesidad de construir dispositivos educativos que promuevan una ampliación de saberes y prácticas educativas. A través de una efectiva recuperación del valor y reconocimiento de la práctica educativa en plenitud. Pero va más allá y nos centra en nuestra naturaleza humana de crisis, cambio y adaptación, bajo la égida de lo que ha dado a llama como la “Epistemología de Sur”.

Podemos observar que centra una de sus críticas a una forma de racionalidad dominante que él denomina “indolente” y sobre la que se sustenta la argumentación “pesimista” acerca de la imposibilidad de promover cambios y alternativas educativas y por lo tanto de vida, que signifiquen una verdadera transformación social, en contextos de crisis, una emancipación del conocimiento que permita la reinterpretación del caos como una forma de conocimiento.

Nos hace un llamado a buscar la utopía concebida como “(…) la explotación de nuevas posibilidades y voluntades humanas, por el camino de la oposición de la imaginación y el diálogo en contrario a lo dado como única existencia posible, sino en nombre de algo radicalmente mejor, que la humanidad tiene el derecho de desear y por lo que vale la pena luchar”.

Esta búsqueda rompe con la idea de una educación bancaria, dentro de un sentido común conservador, falsificado y mistificador, convirtiéndose en un sentido común emancipador; bajo un conocimiento reflexivo para una vida digna y una re-evolución del pensamiento crítico y la acción comprometida.

Hay que transformar el conocimiento en esperanzas, un conocimiento que aparezca vinculado a la imaginación y la convicción, en fin, a la capacidad de innovar a escala humana; que signifique desde esta perspectiva la recuperación de lo local frente a lo global, las identidades colectivas frente al colapso individualista, la deconstrucción del modo de percibir las realidades de nuestro entorno social próximo y vivencial, ligadas a redes que vayan tejiendo las bases objetivas sobre las que se construye la emancipación social.

Tornar presentes las experiencias educativas hoy ausentes en la mayoría de los modelos educativos latinoamericanos, que implique cambiar la monocultura del saber científico por una ecología de saberes colectivos, en modificar la  monocultura del tiempo linear por una ecología de las temporalidades, la lógica de la escala global por una lógica de la ecología trans-escalas, y una concepción de productividad que valorice los sistemas alternativos de producción y consumo, de las organizaciones populares, de las cooperativas, de las empresas autogestionarias, de la economía solidaria, mucho más estables, compactas, subsidiarias y solidarias con su entorno inmediato.

Según de Sousa, esta “ecología de saberes” es una forma de profundización de la investigación-acción; que “consiste en la promoción de diálogos entre el saber científico y humanístico que la escuela produce y los saberes laicos, populares, tradicionales, urbanos, campesinos, provincianos e indígenas que transitan en la sociedad.

La lucha contra hegemónica que se visualiza ya en infinidad de voluntades colectivas de atender, proteger, defender y cultivar territorios autónomos y solidarios, que den espacio a la nueva convivencialidad, las nuevas relaciones humanas y a las nuevas maneras de enfrentar el porvenir.

La educación juega así su papel vital de propiciar cambios estructurales en la forma de ser y pensar nuestra realidad, nuestro acontecer cotidiano, nuestra práctica colectiva bajo una nueva racionalidad que genere solidaridades y el despegue de esos principios emancipatorios de la comunidad.


**¿Quién es?

Javier Lopez Osorio.
Biólogo egresado de la Facultad de Biología de la UMSNH, Candidato a MC en Manejo y conservación de recursos naturales por la Fac de Biología UMSNH, Miembros de varias Organizaciones No Gubernamental que tratan temas de Medio ambiente, derechos humanos y desarrollo sustentable, Publicaciones en periódicos y revistas de circulación estatal de diversos temas.


Las ideas vertidas en la sección de Opinión son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. La política editorial de en15dias.com promueve su difusión como contribución a la discusión acerca de los conflictos sociambientales, salud, derechos humanos y política ambiental.


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