En San Miguel del Monte, la restauración del bosque no se mide por cifras ni discursos, sino por las manos que trabajan la tierra. La comunidad Pirinda sembró árboles entre carencias, lluvia y esfuerzo colectivo, dejando una enseñanza: cuidar el territorio también es sembrar futuro. / “Aquí crecerás muy bonito…”

“Aquí crecerás muy bonito…”
Por: Gilbert Gil Yáñez / en15dias.com
El frío de la mañana iba disminuyendo en San Miguel del Monte cuando la comunidad Pirinda comenzó a reunirse. El bosque, que durante años les ha regalado agua y aire puro, hoy esperaba un cobijo. Las faldas del cerro esperaban la caricia de la restauración.
Pronto se hizo evidente que la tarea superaba los recursos materiales: faltaron picos y palas para agilizar las cepas en la tierra, y también faltó gente para cubrir la inmensidad del terreno. Pero lo que no faltó en ningún momento fue el ánimo para reforestar. Con una herramienta compartida entre tres o usando las manos desnudas cuando hacía falta, la voluntad pirinda se mantuvo intacta y alegre, transformando las carencias en pura fuerza comunitaria.
Y mientras en el monte se sembraba otro árbol…
Esta jornada sucedía lejos, muy lejos de los reflectores. Aquí no había cámaras ni fotografías ensayadas, ni corresponsales de la prensa buscando la nota, ni creadores de contenido buscando el video viral para TikTok ni tampoco el gobierno anunciando 10 millones de arboles sembrados.
En San Miguel del Monte se sabe bien que vale mucho más un trabajo hecho en silencio, con el corazón por delante y bien arraigado, que cacarear promesas al viento y quedarse al final con las manos vacías y la tierra seca.
En medio del ajetreo, las risas y los golpes de las herramientas contra la tierra, un grupo de hombres y mujeres comenzó a descender por el sendero principal. Venían relajados, exhalando la paz de haber realizado una sesión de yoga en las alturas de la montaña. Al ver la movilización comunitaria, se detuvieron en seco, asombrados por la magnitud de la faena y la cantidad de manos entregadas a la tierra.
“¡Vengan, únanse! ¡Hay árboles para todos!”, les gritaron con entusiasmo desde la pendiente, invitándolos a sumarse a la jornada. Una de las señoras del grupo, visiblemente cansada y acomodándose bajo el brazo el tapete que cargaba, sonrió con cierta pena y respondió: “Yo sólo quiero llegar a mi casa, pero para la otra ayudamos…”

Y mientras en el monte se sembraba otro arbol…
Entre el murmullo de las conversaciones y el andar de los visitantes que continuaron su camino a casa, destacaba una silueta pequeña pero firme. Mateo, un niño de apenas ocho años, caminaba con paso decidido al ras de la pendiente, sujetando de vez en cuando a su abuela, doña Celia y en otra mano cargando un mechón de arboles. Ella, con la sabiduría que dan los años y la tierra, le enseñaba cómo abrir la cepa, cómo retirar el plástico con y cómo abrazar el tallo con la misma tierra nutricia.
El pequeño se arrodilló, hundió sus manos en el suelo negro y, tras acomodar el tierno pino y presionar la tierra a su alrededor para ahuyentar el aire, se quedó contemplándolo un momento. Con una sonrisa limpia y los ojos brillando de una pura inocencia, acarició la punta del brote y le susurró al oído del viento: “Aquí crecerás muy bonito…”
Y mientras en el monte se sembraba otro árbol…

La tarde avanzaba y las manos no daban tregua, pero el cielo de la montaña tiene sus propios planes. De pronto, las nubes se tiñeron de un gris denso y un trueno imponente retumbó en las cañadas.
Algunos gritaban “acá todavía hay pozos… traigan más árboles…”
No hubo tiempo para treguas: la lluvia soltó su furia de golpe, desatando un aguacero que nos hizo correr a todos en busca de un refugio. El lodo se volvió resbaladizo y la visibilidad cayó, obligando a suspender la jornada antes de tiempo; al final, no se terminaron de sembrar todos los árboles programados, ganó la tormenta.
Sin embargo, mientras la comunidad empapada compartía el calor del regreso, las miles de plantas recién sembradas bebían con sed el agua del cielo. El bosque, lavado y reverdecido, se quedó contento. No hubo frustración en la retirada, porque la tierra ya sabe que esto es solo una pausa, y en el susurro de sus ramas se escucha que nos espera con ansias para cuando regresemos.






