Esta editorial surge a partir de las reacciones generadas en redes sociodigitales tras la publicación de dos análisis en El Resumen Semanal de en15dias.com sobre la gestión pública del secretario del Ayuntamiento de Morelia, Yankel Benítez Silva. En lugar de debatir el contenido de esos textos, parte de la conversación derivó en descalificaciones dirigidas al medio y a su trabajo periodístico. Ese episodio motivó esta reflexión sobre el deterioro de la conversación pública en el contexto previo al proceso electoral de 2027. / Todos gritan, nadie escucha
Uitzume, el perro del lago
Todos gritan, nadie escucha
En las redes sociodigitales todos gritan y nadie escucha. La velocidad con la que circulan las opiniones ha desplazado el tiempo necesario para comprender los hechos. Se comenta antes de leer, se comparte antes de verificar y se responde antes de entender. El resultado es un espacio público saturado de voces, pero cada vez más escaso de conversación.
Hace décadas, Jürgen Habermas planteó la esfera pública como el espacio donde la ciudadanía discute los asuntos comunes y, mediante esa deliberación, participa en la vida democrática.
Lo que ha cambiado no es la necesidad de ese espacio, sino su naturaleza: las redes ampliaron la posibilidad de hablar, pero hablar no es lo mismo que deliberar. Podemos tener millones de voces expresándose al mismo tiempo y, aun así, carecer de una conversación pública capaz de escuchar, contrastar y construir acuerdos.
Ese ruido no es solo un efecto de la tecnología. Se ha convertido en un recurso político.
Cuando la atención dura segundos, descalificar es más rentable que argumentar, etiquetar es más fácil que explicar y sembrar duda cuesta menos que presentar evidencia. El político ya no necesita responder una investigación: puede desacreditar al periodista que la firma. No necesita demostrar que algo es falso: puede insinuar que quien lo publicó tiene intereses ocultos. Y cuando la duda se repite suficientes veces, termina ocupando el lugar de la evidencia.
Byung-Chul Han llama “infocracia” a esta forma de poder propia de la sociedad de la información, donde la abundancia de datos y estímulos debilita nuestra capacidad de distinguir entre información, propaganda y manipulación. No hace falta suscribir toda su tesis para reconocer el síntoma: tenemos más información que nunca y, al mismo tiempo, cada vez es más difícil construir una conversación común alrededor de los hechos.
CRÍTICA, CAMPAÑAS DE DESPRESTIGIO Y POSVERDAD
Cuestionar una investigación es legítimo. Aportar documentos, señalar un error o presentar otra versión de los hechos forma parte del debate público. Lo que no es legítimo es que, en lugar de responder al contenido, la respuesta se dirija a desacreditar a quien pregunta.
Ahí empieza una dinámica perversa: la investigación deja de ser el tema y el periodista se convierte en el objetivo. Ya no importa si los datos son correctos ni si las preguntas están documentadas; lo que importa es instalar la sospecha permanente, convertir cualquier crítica en supuesta conspiración y sugerir que toda investigación responde a una agenda oculta.
No siempre hace falta una estructura coordinada para lograrlo. A veces basta con que una narrativa encuentre suficientes replicadores para desplazar la conversación desde los argumentos hacia la descalificación de quien los plantea. Porque el objetivo casi nunca es convencer: es agotar.
El periodismo puede equivocarse, tener posiciones editoriales y discrepar de otros medios. Lo que no debería hacer es poner su trabajo al servicio de una operación de desprestigio.
Sin embargo, cada vez es más común ver a periodistas y medios participar en campañas contra quienes cuestionan al poder. Ya no se discuten los datos de una investigación: se ataca a quien la firma. Ya no se demuestra que una información es falsa: se le atribuyen intenciones. Y cuando detrás de esa relación hay dádivas, convenios o cualquier forma de dependencia frente al poder, el político encuentra algo más valioso que sus propios operadores: periodistas dispuestos a hacer el trabajo que a él le tocaría hacer.
El periodismo termina convertido en escudo y lanza: escudo para proteger al poder de las preguntas incómodas, lanza para atacar a quienes se atreven a formularlas.
Eso es grave porque una de las funciones esenciales del periodismo es servir de contrapeso. No se trata de que los periodistas sean enemigos de los gobiernos, sino de algo más elemental: cuando el poder ofrece una versión de los hechos, el periodismo tiene la obligación de contrastarla con la realidad. La independencia no consiste en no tener opinión; consiste en que la opinión no sustituya a la evidencia.
Existe una etapa todavía más peligrosa que difundir una mentira puntual: erosionar la posibilidad misma de distinguir lo verdadero de lo falso. Encuestas sin metodología, cifras sin fuente, capturas editadas o versiones armadas solo con opiniones circulan con la misma velocidad que la información verificada.
El propósito no siempre es que una mentira sea creída por todos. Es más profundo: lograr que las personas concluyan que ya no es posible saber qué es cierto. Cuando todo parece discutible, incluso lo que puede comprobarse, desaparece la exigencia de rendición de cuentas. Si cualquier evidencia puede desacreditarse con una consigna, la verdad deja de ser un punto de encuentro y se vuelve una opinión más. Y una ciudadanía que ya no confía en ninguna información tiene menos herramientas para exigir cuentas a quien gobierna.
Y ENFRENTE ESTÁ 2027
Esto debería preocuparnos particularmente en Michoacán, donde todavía falta más de un año para elegir gobernador y alcaldes, pero donde las disputas ya comenzaron. Conforme se acerque el proceso, es previsible que se intensifiquen los intentos de reducir cualquier investigación a una disputa partidista, de presentar a quien cuestiona al poder como un adversario político y de convertir críticas legítimas en campañas de odio. Tampoco sería sorprendente que algunos medios participen en esa dinámica.
Ese es, quizá, el punto que más debería preocuparnos. Una democracia puede sobrevivir a un político que miente o a un gobierno que intenta controlar su narrativa. Lo que resulta mucho más peligroso es que quienes deberían ayudar a la ciudadanía a distinguir entre propaganda y hechos terminen participando en la propaganda. Ahí el problema deja de ser solo político: se vuelve también un problema periodístico.
El periodismo no está para acompañar al poder, sino para preguntarle; no para repetir sus versiones, sino para contrastarlas; no para proteger gobiernos, partidos o empresas, sino para fiscalizar lo que hacen cuando tienen poder y recursos públicos.
No podemos competir con el ruido haciendo más ruido, ni responder a las campañas de desprestigio con otras campañas. La respuesta tiene que ser otra: investigar más, documentar mejor, verificar, contrastar y explicar. Bajar el volumen, escuchar, y decir qué pasó.
NOTA DEL EDITOR
Esta editorial surge a partir de las reacciones generadas en redes sociodigitales tras la publicación de dos análisis en El Resumen Semanal de en15dias.com sobre la gestión pública del secretario del Ayuntamiento de Morelia, Yankel Benítez Silva. En lugar de debatir el contenido de esos textos, parte de la conversación derivó en descalificaciones dirigidas al medio y a su trabajo periodístico. Ese episodio motiva esta reflexión sobre el deterioro de la conversación pública en el contexto previo al proceso electoral de 2027.
Las diferencias entre medios de comunicación son legítimas, y el debate editorial también. Lo que no fortalece al periodismo son las acusaciones formuladas sin evidencia. En días recientes, una periodista afirmó públicamente que en15dias.com «no es un medio de comunicación» y que el proyecto fue «hecho por el gobierno estatal con nuestros impuestos». Ninguna de esas afirmaciones estuvo acompañada de prueba alguna.
en15dias.com es un medio independiente. Durante cinco años hemos documentado conflictos socioambientales, investigado decisiones gubernamentales, dado seguimiento a políticas públicas y publicado reportajes sustentados en documentos, testimonios y evidencia verificable. Nuestro compromiso no ha sido con un gobierno, un partido o un político, sino con el interés público.
Como cualquier medio, podemos equivocarnos, y cuando ocurra, corregiremos. Pero toda crítica al periodismo debe sostenerse con hechos, no con descalificaciones. La credibilidad no se decreta ni se destruye con una publicación en redes; se construye —o se pierde— con años de trabajo, transparencia y rigor.






